No mentirás

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Días antes de la protesta impulsada por el Episcopado Mexicano y organizada por el Frente Nacional por la Familia, para pronunciarse en contra de la legalización del matrimonio igualitario en México, una amiga que profesa el Cristianismo me explicaba que a los ojos de Dios, el pecado es uno, sin distinción.

Es decir, que peca lo mismo quien trafica drogas, que quien mata a alguien; quien asalta o viola; quien consume drogas o quien “fornica” con una persona de su mismo sexo. En todos los casos, quien peca es castigado y atenta contra Dios.

Siguiendo esa línea, el octavo de los 10 Mandamientos prohíbe mentir, pues el engaño es un pecado.

Luego entonces, quien miente, peca y será castigado aunque porte sotana o sea heterosexual que marche de blanco, con globo rosa o azul, según sea el caso.

De ser así, son candidatos a las brasas del inframundo los grupos religiosos y sus organizaciones afines, que convocaron a la marcha del sábado pasado, con engaños y mentiras, haciendo una interpretación irreal de la iniciativa presidencial para legalizar los enlaces entre personas del mismo sexo, que no dice lo que ellos dicen que dice.

Están incluidos quienes obligaron a las y los alumnos de escuelas particulares o a infantes y adolescentes que toman catecismo, a asistir a una marcha, que supuestamente tuvo una “respuesta espontánea y voluntaria”.

Hubo casos en que chavitos a quienes su mamá dejó en el Catecismo, fueron llevados a la marcha, junto con otro rebaño de infantes y adolescentes, sin consultar.

Bajo el slogan de “defender a la familia y a la niñez”, muchas personas fueron manipuladas; nadie les explicó que aquello del “diseño original”, excluye y discrimina a los diferentes modelos de familia que existen en el país.

El sábado pasado, en diferentes ciudades del país, salieron a marchar poco más de 400 mil personas en contra del matrimonio igualitario. El Frente Nacional por la Familia infló el número de asistentes, asegurando que fueron un millón.

Una mentira más, como lo es también el proclamarse respetuosos de la comunidad Lésbico-Gay-Bisexual-Transgénero-Transexual-Travesti e Intersexual, (LGBTTTI), mientras se les tilda de antinaturales, anormales o enfermos que pueden curarse o arrepentirse de sus conductas “aberrantes”.

A salvo familia tradicional

La propuesta presentada por el presidente, Enrique Peña Nieto, en mayo pasado, no prohíbe el matrimonio civil o religioso entre heterosexuales, ni mucho menos impide que sigan reproduciéndose bajo la premisa de “los hijos que Dios me dé”, como les dicta el dogma, la fe y el Vaticano.

Es decir, el país no quedará ni despoblado, ni dejará de existir la ecuación hombre-mujer= hijos, como han afirmado representantes de estos grupos en otras ciudades del país.

La iniciativa busca hacer efectivo el artículo primero de la Constitución, que prohíbe discriminar por orientación sexual y legalizar el derecho de las personas del mismo sexo a contraer matrimonio civil –como cualquier ciudadano heterosexual- ampliando así el reconocimiento de los modelos de familias ya existentes.

De lo contrario, el matrimonio –figura que nació con el Derecho Romano, no con la Biblia- seguirá siendo un privilegio de las personas heterosexuales, violando los principios de equidad y de no discriminación.

Mas allá de las creencias: Educación, laica y científica

Antes de la marcha, una de las convocatorias que circuló fuertemente en redes sociales, arengaba a salir a protestar en contra de homosexuales, drogadictos, violadores, ladrones, narcotraficantes; una lista que incluía el VIH/Sida, la interrupción segura del embarazo y vale, ahora hasta la Educación de Género.

Comparar a la gente homosexual con los narcotraficantes o a estos, con las sexoservidoras o a ellas con la gente que padece alguna adicción, o a todos estos con asesinos, no sólo es inapropiado, sino absurdo.

Son situaciones distintas, que no caben en un mismo cesto, ni tienen punto de comparación una con otra.

Los vicios son una enfermedad, el narcotráfico y la explotación sexual, delitos. La homosexualidad no es ni una, ni otro, sino una orientación sexual que, vale aclarar, no es elegida. No es, como incorrectamente se expresa, una “preferencia”.

Un ser humano no se despierta una mañana y dice “hoy me gustan los varones” y al otro día cambia de parecer y le gustan las chicas. No es como quien “prefiere” un helado de limón a una malteada de chocolate.

En todo caso, la persona elige asumir o no la atracción erótico-sexual- emocional que experimenta hacia otro ser humano y que no está determinada necesariamente por el sexo biológico, ni depende de éste.

El sexo biológico con que se nace, tampoco condiciona la identidad de género, ya que esta última es una construcción socio-cultural, es decir, un rol impuesto que se juega en sociedad, de acuerdo a lo que se entiende por ser mujer u hombre, de acuerdo con la época, la educación y hasta la ubicación geográfica.

La sexualidad humana es mucho más compleja e intrincada de lo que muchos pensamos, por eso la Educación Sexual, con Perspectiva de Género, es fundamental para tratar de aproximarse al autoconocimiento y a la comprensión del sinnúmero de combinaciones amatorias que posee el ser humano –mas allá del instinto animal de reproducirse- lo que incluye elementos como el deseo, el placer, el erotismo, las emociones, los sentimientos… sin juzgar, condenar o descalificar.

El texto impulsado por Peña Nieto propone también la introducción de la Educación con Enfoque de Género desde preescolar. Eso no significa adoctrinar a nadie, ni fomentar la homosexualidad.

Se pretende inculcar a niñas y niños, desde los Derechos Humanos, respeto y tolerancia hacia la diversidad sexual, para evitar actos de discriminación y bullying, a fin de prevenir y erradicar los estigmas, los prejuicios, la segregación, la condena o la agresión en cualquiera de sus modalidades, por orientación sexual, lo que a la larga se traducirá en sociedades más empáticas, capaces de convivir pese a sus diferencias.

Tampoco se trata de arrebatarle a los padres de familia, ningún derecho, como el de educar a sus hijos e hijas, pues en su hogar podrán seguir formándoles de acuerdo con sus valores. Si estos son contradictorios, evidentemente habrá una confusión, pero la solución no es la censura.

Muy probablemente la difusión de los alcances de la iniciativa, es deficiente y la explicación sobre el tema de los contenidos educativos con perspectiva de Género, nula. Habría que pedir que se corrija.

Otro reclamo de los grupos de ultra derecha es la presunta incapacidad de las y los docentes para transmitir correctamente la información de carácter sexual, acorde a la edad del alumnado. Habría que exigir la intervención de pedagogos y sexólogos, para capacitar a las y los maestros.

Si bien son entendibles los temores –tal vez fundados- la solución no puede estar en el miedo, ni en el temor a la realidad. Menos aún en el oscurantismo. La clave está en la luz que da el razonamiento; en la laicidad, que separa del fanatismo; en los valores, que no pueden basarse en la exclusión, ni en la discriminación.

La vía no es impedir la educación sexual (que buena falta le hace al mexicano), porque eso condena a la ignorancia.

Mentir para imponer ideologías o para ejercer presión en las autoridades o manipular a la sociedad con tal de frenar los derechos de un sector, tampoco es el camino. Menos, si se miente en nombre de Dios. ¿Dónde la congruencia?


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