Banderas: rosa, azul, y arcoíris

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Por Gloria Palma/Fotos: Elizabeth Ruiz

Con la última campanada de las seis de la tarde en el reloj del Palacio Municipal, el contingente del Frente Nacional por la Familia entró a la Plaza de la Reforma batiendo los tambores de la Iglesia del Rosario. Eran alrededor de siete mil personas, la mayoría vestidas de blanco con globos rosas y azules -símbolos, según, de “mujer” y “hombre”-.

Una hora antes integrantes del Movimiento Nacional por la Igualdad de México habían llegado para ocupar, con la bandera del arcoíris, la pequeña plataforma de la estatua de Benito Juárez. Eran apenas 10 jóvenes, acompañados por Isabel Mejía y Teresa Carmona, del Movimiento por la Paz; custodiados por cinco observadores de Derechos Humanos, y abandonados por los líderes de los colectivos que, el último jueves, habían salido en la foto de la instalación del Comité Municipal contra la Homofobia.

Los dejaron solos.

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El gran contingente había partido, a las 5:30, desde el Parque las Palapas rumbo a la avenida Yaxchilán para dirigirse, en la glorieta de la Tulum, hacia la plaza cívica. Era un mar de gente; hombres, mujeres y niños, encabezados por el estandarte del  Frente Nacional por la Familia y dos banderas; azul, una y rosa, otra.

A tambor batiente de la Batucada del Rosario, católicos, protestantes, evangélicos y cristianos marcharon al grito de “¡Diseño original!”. Algunas y algunos se declararon abiertamente opositores a cualquier enfoque de género: “¡Es biología, no ideología!”. Otras y otros, condenaron la inclusión de temas sobre diversidad en los libros de texto: “¡A mis hijos los educo yo!”.

“La familia es una institución divina creada por Dios”, “Mamá + Papá: Diseño Original”, decían algunas de sus pancartas mientras coreaban la canción que se escuchaba a través de una bocina: “oh, oh, oh… Rescatando principios del diseño original”.

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Las campanadas del Palacio Municipal daban las seis de la tarde cuando ingresaron a la Plaza de la Reforma. Policías Municipales e, incluso, agentes de Gobernación, se habían apostado frente a la plataforma de la estatua de Benito Juárez, como cordón para evitar que se acercaran a las y los jóvenes del colectivo MexGay, quienes habían formado sus propios eslabones agarrándose fuertemente de las manos, mientras uno de ellos ondeaba la bandera arcoíris.

“Carga tu cruz y sigue la luz de tu padre”, leíamos en una pancarta mientras dos hombres con lentes de armazón negro, guayabera blanca y cruz de madera en el pecho, subían a la plataforma para, según, tomarse fotos frente a Juárez. Los policías intervinieron de inmediato para guiarlos de nuevo a su contingente.

-Usted, ¿viene de alguna Iglesia?

-Sí.

-¿De cuál?

-No le puedo decir.

-¿Por qué ocultarlo?

-No le puedo decir.

Los diez jóvenes habían levantado los brazos con las manos entrelazadas. Entre todos, sobresalía la pancarta amarilla de Tere Carmona: “+ Amor por Favor”.

En el estrado improvisado se escuchaba al primer orador que guiaba a la multitud como en una misa, mientras una niña gritaba a todo pulmón: “¡Familia, familia, familia!”. “La familia”, decía el orador, “es la célula básica. ¡Hay que protegerla! Los responsables de la educación integral de los hijos, somos los padres de familia. Todos los que estamos aquí, somos el resultado de la unión entre un hombre y una mujer. No queremos que el Estado nos sustituya en nuestra tarea. ¡Estamos en contra de todo mandato que nos ataque e intente imponer la ideología de género!”.

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La multitud aplaudía y levantaba los globos rosas y azules.

“¡No vamos a permitir que ideologicen la educación y supediten las políticas al género!”, proseguía el orador. “La ideología de género atenta contra el desarrollo del país”. Y ordenó a los fieles: “Tienen tres tareas: una, difundir este mensaje a sus amistades, familiares; en el trabajo, escuela, medios de comunicación y organizaciones; dos, acudir con sus diputados locales, senadores y gobernador para pedirles el respaldo a nuestra iniciativa, a fin de proteger a la institución de la familia bajo el diseño original, y el derecho de los niños a ser adoptados por un papá y una mamá; tres, asistir a la marcha nacional del 24 de septiembre en la Ciudad de México y llevar amigos, familiares, compañeros de trabajo. ¡Queremos un México de justicia para los niños!”.

“Soy cruzado”, decía la playera de un hombre que, entre la multitud, escuchaba atentamente al orador. “Mi familia es como la de Nazaret”.

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Patricia López Mancera fue la segunda y última oradora de la concentración. Ella hizo un recuento de la iniciativa presentada por el Consejo Mexicano de la Familia (ConFamilia), “Reforma por la Familia, por los Niños y por Todos”,  y de la reforma al artículo 4 constitucional promovida por el presidente Enrique Peña Nieto para reconocer el derecho al matrimonio igualitario. “Nos pretenden imponer cambios en el matrimonio, adopciones de niños por homosexuales, ideología de género en libros de texto y en profesores, y si lo cuestionamos, somos sancionados y acusados de homofóbicos y violentos”. Aplausos de la multitud.

“¡Repitan!”, dijo finalmente el primer orador, “lo que debemos de decirle al gobierno: le solicitamos que atienda nuestras peticiones y proteja a nuestras familias”. Y todos repitieron esas palabras, como el evangelio.

Al fondo de la Plaza, las y los jovencitos habían doblado su bandera arcoíris y se disponían a marcharse. “El Estado moralista debe acabar. Las actualizaciones a la Constitución deben darse con base en los derechos humanos y no en la moral o la opinión de las personas, así sean cien mil manifestantes”, concluyó Miguel Ángel Dzib al tiempo en que bajaba los dos escalones de la plataforma de Juárez.


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