El costo de mirar hacia otro lado

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Por Adriana Varillas.

Apatía, cansancio, desinterés, hartazgo. Comodidad. Miedo. Resignación. Dolor. Muchos pueden ser los factores o los pretextos para voltear la mirada hacia otro lado, excepto hacia la realidad, que día a día nos va rebasando; que pareciera obligarnos o llevarnos hacia el televisor, las redes sociales o cualquier otra distracción que nos aleja de la montaña de retos que tenemos como sociedad.

¿Cuánto nos está costando en lo individual o en lo colectivo, desatendernos de lo que debiera ocuparnos como ciudadanía? ¿ Cuál es la factura que pagamos por hacer como que no pasa nada en el espacio público e incluso en el privado?

Escribo esto pensando en varios sucesos que, en lo inmediato, nos asombran, nos indignan, nos entristecen o generan una reacción efímera que no alcanza a provocar una acción, individual o colectiva. Se quedan ahí, en la simple anécdota que, desgraciadamente, se repite con una frecuencia que nos sume en la costumbre. En la indiferencia. En la normalización de la tragedia.

Pienso en Sara, la joven colombiana que vino de vacaciones y que perdió la vida en circunstancias poco claras. Una de las hipótesis sobre su muerte, es que, supuestamente, alcoholizada, se arrojó del octavo piso de un hotel en Punta Sam. La familia de la chica sospecha que fue asesinada.

La investigación está abierta y existen serias dudas acerca de si la verdad sobre lo ocurrido, saldrá a la luz. Como no ha habido mayor ruido, ni nadie que reclame nada, el riesgo de que el expediente quede perdido y archivado en la gaveta, es alto.

Hoy fue ella, pero años atrás fue Galina Chankova Chanev, una joven extranjera que supuestamente se arrojó del piso 19 de los condominios Emerald, en Cancún. Aunque había presuntas evidencias de que la joven fue arrojada o que cayó en un intento por huir de sus agresores, el caso se cerró con la versión oficial.

Pienso en Karen, la universitaria; en María Fernanda, la adolescente y en las otras mujeres que fueron asesinadas en Cancún el año pasado; en los sujetos que fueron presentados como presuntos responsables de esos feminicidios, que ni siquiera se han reconocido como tales; y en las sospechas de que los imputados no sean realmente los culpables.

Este año han seguido matando mujeres. Sobra la saliva oficial, pero no hay ni detenidos, ni sentenciados, ni campañas de prevención, ni sensibilización o capacitación efectiva de ministerios públicos y policías, ni acciones que frenen esos y otros crímenes que salpican páginas de periódicos o que son bordados y visibilizados en pañuelos, por activistas y ciudadanos –los menos, pese a la magnitud del fenómeno- en una acción de memoria y reivindicación.

Pienso en el hombre que mataron ayer en una zona popular de Cancún –nuestra ciudad- al que cubrieron con plástico y una toalla de color, para luego prenderle fuego.

Pienso en las 269 jóvenes desaparecidas en este pedazo de México que se vende como paraíso. Nadie da cuenta de su paradero, nadie reclama para obligar a su localización.

Pienso en las manos levantadas en un salón, hace dos semanas, en señal de compromiso para combatir, denunciar y erradicar la Trata de Personas, como parte de una dinámica sugerida por la ex diputada Rosi Orozco, quien transmitió por Periscope aquella escena.

Muchas de esas manos levantadas eran de funcionarias, de funcionarios; de diputadas y activistas, de autoridades que saben perfectamente en dónde y quiénes están en el negocio de la comercialización de infantes y mujeres en este destino turístico. Pero el “bisne” sigue y crece.

Pienso en las ejecuciones que años atrás ocurrían en territorios de la ciudad, lejanos a la vista de políticos, excepto cuando es época de elecciones y se requiere de votos; distanciados de la zona turística que opera con elegancia y perfección, lo suficiente para no manchar la imagen.

Sin embargo, en la última década esos crímenes se fueron acercando al centro y ocurren ya en la frontera con la intocable e inmaculada zona de hoteles.

Pienso en la ciudad grafiteada, las banquetas rotas, los edificios abandonados, los negocios cerrados, las propiedades en venta, el éxodo de empresarios y comerciantes, las calles llenas de baches, los lotes baldíos, la ausencia de luminarias suficientes.

Infantes vendiendo dulces en las calles durante las noches, el sexoservicio diseminado en la zona centro, personas en situación de mendicidad, changarritos emergentes, camionetas de transporte público con “chalancitos” al estilo del Estado de México, con gente de pie en su interior, exponiéndose, sin autoridad que les vigile o les regule.

El evidente deterioro frente al discurso oficial empeñado en vendernos una ciudad que no es, desde la burbuja particular de funcionarios que se creyeron su mentira, pagada con recursos públicos, impuesta y difundida diariamente en la prensa y en los medios electrónicos, de que “Cancún tiene un mejor rostro” y que quienes lo nieguen, no aman a la ciudad.

Pienso en la renuncia del grueso de los medios de comunicación a retratar la realidad, domados a costa de sobrevivir, orillados a callar, a aplaudir o a difamar. Pienso en los empresarios silenciados por conveniencia, complicidad, miedo o indiferencia.

Pienso en los maestros y en los médicos que han salido, desesperados, a protestar contra la privatización de los servicios y derechos más relevantes –la Educación y la Salud- encontrando poco eco en una sociedad que prefiere voltear hacia otro lado, rebasados por una realidad que eluden, que no saben manejar, que no quieren encarar.

¿Cuánto nos está costando permanecer inmóviles, callados, resignados, distraídos, avasallados, inconscientes, dormidos, complacientes; cómplices voluntarios e involuntarios? ¿Cuál es nuestro tope?

Plantearnos esas y otras interrogantes, atrevernos a reconocer y a nombrar los problemas como son, para darles la solución que es –en lugar de maquillar y simular para preservar una imagen siempre vulnerable- se torna oportuno y urgente ahora, que se abren posibilidades en el estado y en los 11 municipios que lo componen.

De nada servirá haber cambiado de gobierno, de autoridades, de colores, si como ciudadanos seguimos descansando en otros la responsabilidad que cada uno posee en la construcción de comunidad.

El desafío es común, para la clase que gobierna por mandato, como para la propia ciudadanía.

Dejar de mirar hacia otro lado implica involucrarse, organizarse, participar, proponer, criticar, informarse, actuar, demandar derechos, a la par de cumplir con obligaciones.

Dejar de mirar hacia otro lado implica no sólo centrarse en los 17 millones de pasajeros que anualmente recibe el Aeropuerto de Cancún o en las certificaciones Blue Flag recibidas, como símbolo de éxito, sino asumir con honestidad el fracaso de las políticas públicas y las acciones de gobierno para garantizar seguridad, crecimiento ordenado y servicios de calidad, no sólo en los círculos VIP, sino en las zonas marginadas.

Dejar de mirar hacia otro lado, es dejar de hacer como que no pasa nada, cuando nos está pasando todo.

Dejar de mirar hacia otro lado, paradójicamente, es desviar la mirada de uno mismo, para voltear a ver a las y a los otros, con solidaridad y empatía, para respaldarnos y hacernos más fuertes en medio de una tormenta que crece a medida en que optamos por la indiferencia.


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