CRÓNICA DEL DOMINGO DE PROTESTAS

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Las palomas se habían refugiado en las marquesinas de las ventanas, muchas de madera en Chetumal, durante las primeras horas del domingo; llovía pero la nubosidad se fue disipando hasta que, al mediodía y de frente al Obelisco donde Roberto Borge ordenó grabar su nombre hace poco más de un año, miles de personas en la Explanada de la Bandera se unieron al único grito de “¡Justicia!”.

De espalda al monumento, construido en 1946 para honrar –originalmente- a los héroes de Independencia, Reforma y Revolución, el gobernador Carlos Joaquín había dicho en su mensaje después de rendir protesta ante el Congreso: “Hoy, contra viento y marea, llegamos a buen puerto; la soberbia de su prepotencia no les permitió advertir que habían llevado a la sociedad al límite de su paciencia”.

Hasta la Explanada de la Bandera habían llegado desde la mañana de ese domingo, bajo un cielo que presagiaba tormenta, miles de personas que, con sus propios medios, se habían trasladado desde Cancún y Playa del Carmen, entre otros municipios, para ser testigos de esta historia.

“El lunes cumplo 42 años de haber llegado a Quintana Roo y lo estoy festejando al ser testigo de este cambio de gobierno; otros, desgraciadamente, ya no pudieron presenciarlo”, nos dijo Alicia González, presidenta de la asociación Fundadores de Cancún y primera modelo con la que, a mediados de los 70, se promovió la imagen de ese destino turístico en el extranjero.

La mañana del sábado no había ni una habitación disponible en los hoteles del centro de Chetumal para las personas que, así como Alicia, habían viajado ese día a la capital. Activistas de organizaciones civiles que, nos dijeron, iban “a hacer presencia ciudadana para que no se repitan los abusos de poder”, junto con empresarios, académicos, periodistas, funcionarios, políticos y otros ciudadanos, pusieron al tope los índices de ocupación en centros de hospedaje y restaurantes, más que, incluso, en cualquier periodo vacacional.

La única opción, para muchos, fue hospedarse en algún hotel de paso. Pero no todos lo lograron. “Me negaron la habitación cuando estaba a punto de registrarme”, platicó un colega. ¿Por qué?.. “Me dijeron que sólo me podían dar habitación si iba acompañado; que solo, no”.

Chetumal siempre ha tenido ese encanto. La oferta hotelera y gastronómica creció, se diversificó y pulió, como lo comprobamos este fin de semana, pero su gente sigue perfilando personajes de novela.

-¿Nos puede llevar a esa cantina, la más antigua, a donde dicen que van todos los políticos… Mar Caribe creo que se llama?-, le pidió una colega al taxista que habíamos abordado la noche del sábado para saciar su antojo de probar una Curvato, la cerveza artesanal de Quintana Roo y, de paso quizá, toparse con algunos políticos en la víspera de la Toma de Protesta del octavo gobernador, el único en 42 años -los mismo que cumplió Alicia de haber llegado al estado- que no fue candidato del PRI.

-¿Por qué quieren ir allá?

-Viajamos desde Cancún y no hemos comido; queremos cenar.

-A esta hora ahí no hay comida, ni tampoco mujeres como ustedes.

-¿Cómo..?-, le preguntó otra de mis colegas.

-Personas “bien”-, respondió el taxista entre varias recomendaciones que empezó a darnos para ir a cenar, también “bien”.

En menos de diez minutos estábamos ordenando al mesero de “Las Arracheras de Don José” -ubicado como muchos otros frente a la Bahía de Chetumal- uno de los platillos más típicos del restaurante. En la carta no estaba, sin embargo, la Curvato y en las mesas, ningún político. Pedro Joaquín, el secretario federal de Energía y hermano del gobernador, había estado junto con otros políticos en Sergio´s Pizzas, uno de los más tradicionales del centro de la ciudad.

Pasaba de la medianoche cuando regresamos al hotel Capital Plaza después de reportar la designación de Rodolfo del Ángel Campos como secretario de Seguridad Pública. El reto, para nosotras, era conciliar el sueño. Como miles de ciudadanos que a esa misma hora se disponían a dormir, nos asaltaban las expectativas, incluso el entusiasmo, por el fin de un sexenio que ya pasó a la historia como el más detestado de Quintana Roo.

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A las seis de la mañana del domingo las palomas se refugiaban en las marquesinas de las ventanas. Llovía y la nubosidad había obligado al nuevo gobierno a prever otra sede para la multitudinaria concentración que estaba programada a la una de la tarde en la Explanada de la Bandera. Durante varios días los trabajadores habían logrado levantar tres grandes carpas y 20 toldos para recibir a los ciudadanos que irían a escuchar el primer mensaje de Carlos Joaquín, ya como gobernador.

El cielo, sin embargo, se despejó con el transcurso de las horas.

Lloviznaba apenas cuando, junto con mis colegas, llegamos al Centro de Convenciones. No daban aún las nueve de la mañana, hora en que se había citado al primer desayuno de la prensa con Carlos Joaquín, y todas las mesas dispuestas en el salón estaban prácticamente llenas.

-Vengan, les aparté sus lugares-, nos recibió una colega oriunda de Chetumal. “Un café por favor”, pedimos casi al unísono. Volteamos nuestras tazas y el mesero inclinó la cafetera para servirnos cuando una de nosotras, Adriana Varillas, fue levantada y guiada hasta la mesa principal, en el centro del salón, donde sólo estaban dueños o directivos de televisoras, radiodifuras y medios impresos.

Estaba tan sorprendida como nosotras. Se sentó. Apuntamos nuestras cámaras y celulares para captar el momento: la primera vez que una reportera de a pie, una periodista considerada por su trayectoria y trabajo como la mejor de la entidad, ocupaba ese sitio en donde tradicionalmente se han sentado colegas sin mayor mérito que ser los allegados al gobernador en turno.

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El café se había enfriado cuando ocupamos de nuevo nuestros asientos para recibir a Carlos Joaquín, quien como saludo general dio la “bienvenida a la crítica constructiva que nos permita crecer y madurar”, antes de ir de mesa en mesa para saludar, uno por uno, a los periodistas.

Entre abrazos, apretones de manos, selfies y preguntas y respuestas, le dieron casi las 11 de la mañana; es decir, el tiempo justo para trasladarse al Congreso de Quintana Roo y rendir protesta como gobernador constitucional.

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Algunos charcos en el Bulevar Bahía eran apenas indicio de la lluvia que había amenazado con convertirse en tormenta. Frente a una de las vallas dispuestas para controlar el acceso al Palacio Legislativo, bajamos del taxi que habíamos abordado en el Centro de Convenciones. Al bajar, a una de mis colegas se le cayó de su bolso una memoria USB. De inmediato, uno de los guardias se inclinó para recogerlo. Fue un simple gesto de cortesía que debería de ser casi natural, aunque para nosotras fue un acto sorprendente después de seis años en los que las vallas y los guardias sirvieron para repeler, más que controlar, el acceso a cada acto oficial.

En el lobby del Congreso estatal tocaba la Orquesta Sinfónica mientras los invitados iban entrando al salón de sesiones, donde sobresalía la senadora perredista Luz María Beristain por su traje típico del Mascarón de Kohunlich y una diadema repleta de flores, así como el personaje chetumaleño Ecomán, enfundado en un traje muy parecido al de Linterna Verde.

Desde el presídium el diputado José Esquivel pedía a los presentes guardar el orden y tomar sus asientos mientras era designada la “comisión de cortesía” que acompañaría a Carlos Joaquín hasta el estrado. No todos pudieron sentarse; el salón estaba repleto.

El presidente de la Mesa Directiva del Congreso había pasado lista a los diputados de la XV Legislatura y empezó a nombrar a los ex gobernadores presentes. Al nombre de Pedro Joaquín la multitud rompió el orden y aplaudió fuertemente; en contraste, Félix González fue abucheado por gran parte de los asistentes. Roberto Borge simplemente no asistió.

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“Iniciamos un nuevo rumbo. Con la fuerza ciudadana triunfó la libertad. La gente rompió el silencio y la intolerancia”, dijo Carlos Joaquín después de rendir protesta y comprometerse a restablecer el equilibrio entre los tres Poderes y respetar la autonomía municipal. “Es la hora de recobrar la confianza. Es el momento para un gobierno confiable y honesto”, señaló ante invitados como Enrique de la Madrid, secretario federal de Turismo y representante del presidente Enrique Peña Nieto; Ricardo Anaya y Alejandra Barrales, líderes del PAN y PRD; Margarita Zavala, ex primera dama y Josefina Vázquez Mota, ex candidata presidencial del PAN; y entre otros gobernadores Rafael Moreno Valle, de Puebla; Miguel Mancera, jefe de Gobierno de la Ciudad de México y Graco Ramírez, de Morelos.

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Los gobernadores de Yucatán, Rolando Zapata; Tabasco, Arturo Núñez y Veracruz, Miguel Ángel Yunes se sumaron a la comitiva en la verbena de la Explanada de la Bandera, desbordada por miles de ciudadanos que esperaban, sentados o parados, la llegada de Carlos Joaquín, a través de las pantallas dispuestas en cada una de las tres grandes carpas sostenidas por caños de hierro en los que retumbaban los golpes de los tambores de una batucada.

“¡El futuro es nuestro. No más desigualdad ni agravio sin castigo! Aún retumba el eco de los mayas rebeldes contra quienes los oprimían. La epopeya se había escrito… de la Guerra de Castas a la Guerra de Votos. ¡Que suene el legendario caracol, que florezca la ceiba, Quintana Roo está de pie!”, exclamó Carlos Joaquín como primeras palabras de su primer mensaje a la población de Quintana Roo.

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“Vivíamos el peor de los escenarios. Enfrentamos el embate perverso que deviene de un autoritarismo rapaz. La soberbia de su prepotencia no les permitió advertir que habían llevado a la sociedad al límite de su paciencia. Y venciendo los miedos que nos dividían, trabajamos y confiamos en nosotros mismos”, prosiguió el gobernador.

“¡Justicia, Justicia, Justicia!”, gritó en ese momento la concurrencia apagando, en magnitud, el estruendo de los tambores. “¡Justicia!”, siguieron gritando muchos hasta que la explanada quedó como si hubiera sido absorbida, por un minuto, en una burbuja de silencio.

“Y hoy”, retomó su discurso el gobernador, “contra viento y mareo, llegamos a buen puerto. Es para mí un gran orgullo estar aquí como su representante. Asumo el cargo con una enorme gratitud y una profunda humildad. El rumbo es lo más importante. No puede ser un salto al vacío. Sabemos a dónde vamos y cómo debemos hacerlo. Queremos un Quintana Roo confiable, ordenado, seguro y con oportunidades para todos.

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“El cambio debe tener rumbo y compromiso con responsabilidad, principalmente del gobierno. Requiere de todas las miradas, de todos los esfuerzos, y para ello, la confianza es la clave. Debemos restablecerla entre nosotros. Se necesitará mucho trabajo y esfuerzo plural. Si vamos a hacer política, que sea de la buena; la que con argumentos y razones hace que nos pongamos de acuerdo los que no pensamos igual. Ningún gobernante, por más capaz que sea, puede cambiar las cosas si no hay una ciudadanía dispuesta a participar activamente en ese cambio. Juntos podemos”, añadió Carlos Joaquín y motivó el aplauso más fuerte cuando reconoció que, sin embargo, “no hay cambio confiable si permitimos la subsistencia de ámbitos de impunidad. ¡Quien la hace, la paga!”.

Con el agradecimiento a su familia; su mamá, su esposa y su padre, recién fallecido, cuyo nombre no fue necesario pronunciar para arrancar fuertes aplausos de la multitud, el nuevo gobernador se despidió para dirigirse a otro punto donde les tomaría protesta a los integrantes de su gabinete.

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Nosotras abordamos de nuevo un taxi; esta vez a Sergio´s Pizzas, de donde como recuerdo nos trajimos a Cancún una rebanada de pastel Sacher, uno de los más exquisitos que hayamos probado en toda nuestra propia historia.


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