‘De candidaturas independientes y ciudadanas’

Los tres en la mesa

Pasamos de una época en la que el dedazo de aquel ungido por la bendición del presidente era la única vía para aspirar a la silla más cotizada de este país, a que los presidenciales sean lo más parecido a un desfile de ‘candidatos independientes’ que se registran sin problema alguno. 

El hecho de que el sistema electoral haya abierto sus posibilidades y cambiado los criterios de selección es algo extraordinario, pero ¿realmente tiene sinergia la elección de candidatos con el sistema político mexicano vigente? No del todo. Analicémoslo detalladamente…

Primero, es importante discernir entre la concepción de candidatura ‘ciudadana’ o ‘independiente’. Actualmente se usa el término ‘ciudadano’ en forma de marketing o estrategia comunicacional, más que como una concepción electoral, pues independientemente de la agrupación, partido político o ideología política con la que cada uno de nosotros colinde, todos somos ciudadanos. Así que no permitan que este término los confunda, pues ya hay muchos candidatos que así se hacen llamar, aún siendo postulados por partidos políticos. (¡Incluso verán cómo el término va en aumento conforme nos acerquemos al mes de marzo del próximo año!)
Refiriéndonos a los ‘independientes, ese término sí goza de una modalidad específica ante el sistema jurídico-electoral, puesto que se le permite a los ciudadanos volverse una opción para ser elegidos y ocupar un cargo de representación popular sin la necesidad de ser militante o contar con el respaldo de un partido. Es decir, sí aumenta la oferta política más allá de su propia estructura partidista. Al respecto, los 11 ciudadanos ahora inscritos para buscar una candidatura como presidentes de México tienen 120 días para reunir casi 900 mil firmas y éstas deberán provenir de por lo menos 17 de los 32 estados del país. 

En segundo término, a lo que me refería sobre si lo electoral tiene razón de ser en el propio sistema político, -es aquí donde creo que está la clave del por qué una cosa deseable (como el no estar tan atados a los partidos políticos) termina no siendo 100% benéfica-. Entre lo prescriptivo y lo descriptivo existe una gran ruptura… elegimos al candidato idóneo por no tener ‘ataduras’ a ningún partido político, pero cuando llegan al gobierno: ¡oh sorpresa! No cuentan con gobernabilidad. ¿Ven por dónde empieza a haber grietas en el asunto?

Tercero, seguimos sin darle la importancia que merece al Congreso, y todo el show se centra en el presidente. Sin embargo, todo mundo habla desde hace unos cuantos años de la importancia de pasar el actual presidencialismo a un parlamentarismo… pero los estudios de política comparada nos dicen que un sistema parlamentario para funcionar eficazmente (sobre todo los analizados en Europa) gozan de alto poder partidista y cuentan con gobiernos de coalición, e incluso habiendo funcionado mejor en países con tendencia bipartidista. Tras la historia de México con un partido hegemónico, no estoy segura que estemos listos para un parlamentarismo, puesto que la visión mexicana de un poder partidista es sui géneris. ¿Podremos seguir sin definir un mesías? ¿o serán los 12 apóstoles los que ahora decidan?
Aún nos falta realmente entender la diferencia entre una democracia funcional y un gobierno eficaz (seguimos queriendo usar los mismos cubiertos para la sopa y el plato fuerte). La democracia funcional busca que las estructuras sean sólidas mediante mecanismos de transparencia, rendición de cuentas, etc. En México mientras no se regulen ciertos criterios que aún no han sido definidos en leyes secundarias, difícilmente avanzaremos.

Todavía existen muchos cabos sueltos.

No confundamos entre los avances del sistema electoral con las características inherentes a las del sistema político mexicano, ya que una buena democracia no forzosamente generará el mejor gobierno, con todo y candidatos independientes o ‘ciudadanos’ (nuevos o viejos en la contienda).


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