Distinguiendo entre uniforme y yihab

yihab

Hace unos días se publicó una fotografía de dos competidoras de voleibol, la alemana Kira Walkenhorst y la egipcia  Doaa Elghobashy. La primera era la típica competidora en bikini pero la segunda llamó poderosamente la atención, porque como otras en la competencia olímpica en curso, vestía literalmente de la cabeza a los pies. De manera particular destacaba la hiyab o velo que le cubría la cabeza.

Las reacciones fueron positivas. Al decir de muchos la foto evidenciaba la diversidad cultural de los pueblos en la justa olímpica. No se había visto antes; parece bonito y variado, tiene un gusto a inclusión. En cierto grado lo es. Pero no por las mejores razones, sino por las peores.

No me malentienda: la razón inmediata por la que están mujeres compitiendo con hiyab es porque se flexibilizaron los reglamentos que mandataban ciertos uniformes. Ninguno prohibía el velo expresamente, sencillamente estandarizaba la vestimenta porque es un requerimiento de cualquier competencia, es decir, la igualdad de circunstancias. Era lo lógico: cuando se amplía un criterio no está mal siempre que no se pierda la practicidad en el deporte, cuyos requerimientos son eminentemente técnicos. De hecho esto sucede desde Atenas 2004.

El asunto no era pues una imposición dentro del deporte. Era que los países gobernados por la ley islámica no permitían competir a las mujeres, como de hecho no les permite ni salir de su casa, a menos que estuvieran cubiertas completamente, usando la hiyab, sin mezclarse con hombres y con un tutor masculino. Y no, no es broma.

La razón por la que empezaron a competir mujeres de países bajo ley sharía, es porque la flexibilización de los reglamentos permitió, irónicamente, que la ropa impuesta a las mujeres por el islam pudiera usarse. La doctrina mahometana mandata la modestia en el vestir y la obligación de las mujeres de cubrir su cuerpo por completo. No es una opción, no es un reglamento técnico, es un mandato divino.

Tan divino que hace unos diez años se debatió en Arabia Saudita, cuya constitución está basada en el Corán (así como se oye), si se le otorgarían licencias de conducir a las mujeres. El finísimo debate giraba en torno a sesudas disquisiciones de los doctos señores del Consejo de la Shura (un pseudoparlamento títere del Rey), que no lograban entender cómo una mujer podía conducir porque si se le descomponía el carro, no sabría mecánica y no podría pedirle a algún hombre ayuda, porque las mujeres decentes no hablan con otros hombres que no sean su padre, marido o hermanos, a alguno de los cuales debe pedirles permiso para trabajar, votar, casarse… o practicar deporte organizado. Lo más bizarro del asunto es que hubo mujeres encarceladas por eso. Lo mismo en Egipto, donde la sharía, la ley islámica pues, le negó a las mujeres la oportunidad de competir a menos que parezcan monjas.

Así que no, no festejo en absoluto una mujer en yihab compitiendo en los olímpicos. Es atroz festejar que la marginación se abra espacios intacta. Las federaciones internacionales deportivas cambiaron ciertos criterios y entonces los machistas islámicos permitieron a “sus” mujeres participar. Eso sí, pudorosas hasta el absurdo, no vaya a ser que sean tentación, y obvio no les pase nada malo, de lo cual ellas tendrían la culpa por impúdicas y no someterse a la religión que las relega siempre a la condescendencia masculina.

No es casualidad que haya sido una mujer iraní sin yihab, residente en Europa, la que protestara en el partido de volibol entre Irán y Egipto. Su cartel decía “Dejen a las mujeres iraníes entrar a los estadios” ¿Por qué? Porque desde que el islam gobierna en Irán, las mujeres no pueden asistir a eventos deportivos entre equipos de varones. Si le suena absurdo, creo que comprende mi punto.


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