El arte de las katanas, legado de los samurái

el arte de las katanas, legado de los samurái

Las katanas entran en la ley de armas japonesa, una de las más estrictas del mundo, por ello, su fabricación está sometida a estrictos controles

Fusahiro Shimojima saca la katana roja de la fragua y comienza a martillearla. Saltan chispas y de la frente de este artesano japonés brotan gotas de sudor. “Una katana tiene que ser en esta parte totalmente uniforme y poco a poco hacerla más fina”, cuenta Shimojima, que levanta la hoja y la estudia con detención.

Luego sigue martilleando. Cada golpe es un trabajo de máxima precisión. Tan sólo un breve descuido y tendría una abolladura en el acero, aun cuando un lego ni siquiera lo notaría. Los últimos ajustes en la hoja son ya detalles “más pequeños que un pelo”, comenta el artesano.

Shimojima es un maestro katanero en cuerpo y alma, cuyo arte se remonta a una tradición milenaria que vivió su punto álgido durante la época de los samurái. A sus 43 años, es uno de los pocos que siguen en este esforzado trabajo. La asociación de maestros kataneros cuenta con menos de 200 miembros y muchos de ellos son mucho mayores que él.

En un país que está envejeciendo a pasos agigantados, muchos de los jóvenes orfebres han tenido que dedicarse a otra profesión para poder salir económicamente adelante. Una de las razones por la que este arte ha perdido relevancia es que la katana está vista hoy en día como un arma peligrosa, y no sólo en Occidente. Muchos japoneses la asocian con la películas de samuráis o con los soldados nipones en la Segunda Guerra Mundial.

Tan sólo muy pocos conocen el verdadero significado de la katana, señaló Shimojima. Un ‘nihontou’ no es un arma, sino ante todo un ‘omamori’, algo que trae buena suerte, que protege a su dueño y que potencia su fuerza de voluntad y su responsabilidad. “En su origen, la katana estaba dedicada a los dioses”, añade. Servía para la protección y, por ello, a los fallecidos se les colocaba una junto a los restos mortales para ahuyentar los malos espíritus hasta su incineración.

Las katanas iban pasando de generación en generación dentro de la familia. En los tiempos de los samuráis, las novias en su kimono de boda no llevaban abanicos, sino una espada corta, para su protección tras dejar el domicilio paterno o para poder quitarse la vida antes de caer en manos del enemigo en caso de que hubiese una guerra o su marido muriese. Sin embargo todo eso ha caído en el olvido para gran parte de los japoneses.

Las katanas entran igual que las armas de fuego en la ley de armas japonesa, una de las más estrictas del mundo. Debido a esto, su fabricación está sometida a estrictos controles. Antes de que Shimojima haga una espada para un cliente necesita la aprobación de las autoridades. Una vez terminada, será revisada y registrada. Tan sólo finalizado ese proceso podrá venderla. Al mes, el artesano puede como máximo realizar dos katanas. Y la formación como herrero supone además un enorme esfuerzo.

“Uno tiene que aprender durante al menos cinco años con un maestro katanero licenciado”, explicó el japonés en su taller, que debido a los ruidos de su oficio ha tenido que instalarse en una localidad de la periferia de Tokio. Durante su largo aprendizaje, Shimojima vivió con su maestro y, en lugar de recibir un salario de aprendiz, fue tratado como a un hijo, creándose entre ambos una relación para toda la vida.

el arte de las katanas, legado de los samurái

Shimojima tenía 18 años cuando comenzó a aprender el oficio. “Uno no aprende sólo a fabricar katanas, sino también cómo pensar y sobre la vida”, agregó sonriendo. En el último año de formación, el aprendiz tiene que realizar una especie de examen estatal y para ello hacer una katana corta. Si pasa la prueba, el Ministerio de Cultura le entrega la licencia de maestro katanero.

Pero antes de establecerse por su cuenta, el herrero se ofrece al maestro para trabajar otros cinco años y “agradecer la enseñanza”, dijo Shimojima. En la actualidad, el artesano puede vivir de su oficio. Entre sus clientes figuran personas mayores, que quieren regalar a sus hijos o nietos una katana siguiendo la tradición, pero también profesionales.

A raíz del boom turístico en Japón está recibiendo cada vez más peticiones de katanas desde el extranjero. Además, algunas empresas adquieren este arma como un regalo para clientes distinguidos. Y aparte hay coleccionistas de katanas, así como fans de Shimojima, que apoyan su trabajo.

Una katana cuesta unos tres millones de yenes, unos 22.500 euros (26.800 dólares). Un maestro katanero tarda entre dos y tres meses en completarla, por lo que como máximo puede hacer entre cinco y seis de estas espadas al año.

No se trata tan sólo del mucho tiempo que Shimojima invierte en la fabricación del arma, sino también de los costosos materiales que emplea. El acero ‘tamahagane’ es caro y a ello hay que sumar la vaina que encarga a otros artesanos. Al final, sólo le quedan unos dos millones de yenes (unos 15.000 euros/ 17.900 dólares). Pero para el artesano no se trata de una cuestión de dinero. En cada katana pone el alma.

La primera katana que Shimojima hizo tras conseguir la licencia la metió en la cama con él. “Aún hoy siento nostalgia cuando entrego el arma a un cliente. Es una sensación como cuando se casa la única hija”, dijo el artesano que vive con su mujer junto al taller. No obstante, a Shimojima le encantaría que los japoneses no sólo fueran conscientes de esa tradición, sino también muchas otras tradiciones.

 

dpa


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