“El Futuro de la Corrupción”

el futuro de la corrupción

Hoy nuestra sociedad pide cárcel a tres gobernadores: Javier Duarte, Cesar Duarte y Roberto Borge, mandatarios de Veracruz, Chihuahua y Quintana Roo respectivamente. Ellos convirtieron la esfera del poder político en algo tan hostil y desfachatado como el desvío de recursos hasta el punto de crisis financiera con un inmenso abuso de poder. Se creyeron omnipotentes en el ámbito federal, porque lo fueron en lo local. 

Pero, ¿por qué si siempre ha habido corruptos, el peso de la ley tiene ahora la mira de su estandarte puesto en el encarcelamiento de estos personajes? ¿Por qué ha cobrado tanto peso esta petición ciudadana que nació en la campaña de sus oponentes? En Quintana Roo permanecimos callados e inmunes ante lo que sucedía hasta que llegó un punto en donde el delito de peculado no dolía tanto como el cinismo con el que este acto se cometía. Fue entonces cuando sin saberlo, nuestro voto significó más que una alternancia en el estado.

El desvío de recursos en los tres estados resultó en una pérdida presupuestal enorme para el PRI tras los comicios pasados, pero también una disminución abismal de su poderío político. Anteriormente las campañas políticas en México fungían como un “mero ejercicio” para darle legitimidad al mismo poder partidista. Mientras que en la actualidad las elecciones se han vuelto un excelente mecanismo de “ajuste de cuentas” entre actores que han trascendido color e ideología, y usar el peso de la  “buena gestión” se convirtió en una de las armas más importante para acceder al poder.

Está más claro que nunca que la medida del “poder no se crea ni se destruye, solo se transforma”. Primero los independientes se adueñaron de una reforma que parecía vacía, dando así lugar a que el Bronco llegará a ocupar la silla que dirige Nuevo León. Situación que después sirvió para crear la figura de los candidatos “independientes” pero al interior de los partidos (como ya lo vimos en la mayoría de las candidaturas en las pasadas campañas a la gubernatura). Lo trascendental en la pugna de la incesante lucha por ostentar del poder político, resulta ahora en observar que quien se volverá acreedor a este deseo será aquel que logré dirigir el rumbo del poder ciudadano.

Sabemos que es más importante la prevalencia del sistema político, que de quien lo representa, por eso basta con un pueblo enardecido para querer cortarle la cabeza a un rey y que entonces sí el derramamiento de sangre se ejerza a través de la Ley.

Esta batalla ciudadana está alimentando el discurso de “los presidenciales” pues ante cualquier llamado a abatir la corrupción se estará marcando el rumbo hacia el 2018. Ante la coyuntura histórica en la que un presidente encarcele a más de un gobernador por desvío de recursos, pareciera que la “ley 3 de 3” podría quedarse como una herramienta que refuerza la lucha pero no deja el precedente. ¿O no todo vale a la hora de mantener el poder por lo menos un sexenio más? Entonces, ¿quién verdaderamente definirá  el rumbo del combate a la corrupción? ¿El presidente o las leyes? Eso está por verse…

Tal vez el encarcelamiento de estos actores no termine con la corrupción ni fomente mayor rendición de cuentas, pero dejaría el piso establecido para poder seguir construyendo la práctica de lo que queremos sea lo común.

Mientras tanto, “haiga sido como haiga sido”, el avance en la lucha contra la corrupción será una victoria para los ciudadanos: quienes ya entendimos que el voto de castigo está más vivo que nunca y quienes hemos aprendido también a ser partícipes de la coyuntura para usarla a nuestro favor en aras de seguir generando mecanismos que incluyan nuestras decisiones en el marco de la ley, más allá de un voto.


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