ESCÁNDALOS QUE DUELEN

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Invertir 245 millones de pesos en la construcción de un recinto de espectáculos, eventos deportivos, culturales y de charrería, en lugar de edificar un hospital, es ya de por sí escandaloso, pero se vuelve profundamente doloroso cuando se atestigua en qué condiciones opera, por ejemplo, el Hospital General de Cancún.

Además de estar ubicado en una de las zonas más riesgosas de la ciudad, la escena está compuesta por decenas de personas sentadas, acostadas o paradas, afuera de la reducida área de Emergencias, un insoportable horno, matizado por un par de ventiladores que apenas si logran cumplir su cometido.

Afuera, las preocupaciones, angustia y zozobra de la gente, conviven con botes atascados de basura, vendedores ocasionales de golosinas, frituras o cigarros; repartidores de un periódico de corte religioso y pastores invocando pasajes bíblicos.

Adentro, el sopor. Instalaciones vencidas por los años; acabadas por la ausencia de recursos para mantenerse de pie en condiciones dignas. Paredes con humedad y moho. Una mujer y un hombre hablando de Dios, mientras en la ventanilla de información se agotó la sensibilidad, el ánimo de servicio y atención.

Atrás de las puertas que conducen hacia los consultorios, hay doctores que –en el mejor de los casos- intentan recordar el juramento de Hipócrates al momento de lidiar con la precaria situación de la institución y la demanda creciente de pacientes.

Lo mismo ocurre a médicos y enfermeras que se empeñan en salvar, no sólo las vidas de las y los pacientes, sino la propia situación: No hay equipo suficiente, no hay camas suficientes, no hay espacio suficiente, no hay medicamentos suficientes, no hay empleados suficientes, no hay presupuesto suficiente.

Para un hospital, no; para una emergencia, no; para la atención con calidad y eficiencia, no. Para brindar un servicio vital a un ser humano… no.

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Para el ostentoso capricho de un político sí se gastaron 245 millones de pesos y, en un descuido, posiblemente hasta asignen recursos para el costoso mantenimiento mensual de ese, el Auditorio del Bienestar.

Hay quien traerá a la mesa el nuevo Hospital General -que sustituirá al Jesús Kumate- y resaltará los mil millones de pesos inyectados desde 2009 a la fecha, en su construcción y equipamiento.

El nosocomio tardó siete años en edificarse y ni siquiera ha sido inaugurado. El Auditorio del Bienestar se alzó en un año y el acto protocolario para iniciar su operación, apenas si duró 10 minutos, en la evidente soledad del gobernante a días de terminar su mandato y cuya prioridad fue la frivolidad y el entretenimiento, por encima de velar por el acceso a la salud, en condiciones de dignidad, calidad y respeto a los Derechos Humanos más elementales.

Darse una vuelta por el actual Hospital General, ya sea por un simple ejercicio personal o por la fatalidad de caer enfermo o de que alguien querido lo esté, permite comprender el impacto que, en la vida común, tienen algunos temas:

La corrupción, por ejemplo, con el desvío de recursos; la ignorancia institucional, esa incapacidad de distinguir entre lo urgente y los lujos innecesarios; la participación ciudadana, exigiendo rendición de cuentas, transparencia y monitoreando el destino de fondos públicos.

Y la impunidad, que permite que los responsables libren la aplicación de la Justicia y que actos u omisiones se repitan.

Acaso una solución estribaría en que el Congreso de Quintana Roo aprobase una Ley que obligue a las y los gobernadores y a los propios legisladores a renunciar a sus seguros de gastos médicos mayores e incluso, a atenderse en hospitales públicos.

Quizá sólo así se vuelva prioritario construir y mantener dignamente más y mejores hospitales y no gastar dinero en centros de espectáculos o cualquier tipo de proyecto de “ocurrencia”, a capricho de un gobernador.

 


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