Fantasmas en Quintana Roo

fantasma

En una carretera de Quintana Roo, rumbo a la capital, donde se llevaría a cabo la ceremonia oficial por la transición de Gobernadores, el chofer, armado hasta los dientes, le pregunta al hombre sentado en la fría parte trasera de la camioneta blindada

–– ¿Y qué pensó anoche jefe, qué decidió?

—Mira Santiago, yo represento en este estado, el máximo poder que alguien puede tener y nadie puede estar por encima de mí, ni en el Congreso ni en el Poder Judicial. Ni antes ni después de una ceremonia, donde un tipo se quedará con todo lo que es mío.

–– Si no llego­–– continuó diciendo el irascible hombre –– llevaré conmigo una parte de ese poder.

El chofer con una sonrisa cómplice, acomoda su negro bigote mientras acelera y sigue escuchando.

— Habrá una silla que representa al débil, al saliente que no pudo contener al entrante, al condenado por su pueblo, todo eso en un asiento, mi soledad será evidente como el pánico que me carcome desde hace tiempo. Los medios a quienes tanto entregué serán despiadados. No iré, será mi fantasma a quien tundan, no a mí.

Santiago, incómodo mientras mira por el retrovisor, se anima y apunta.

–– Señor, si usted entrega, con el tiempo conservará algo de respeto.

Pero pareció no entender la valiente invitación de su escolta.

–– Tú sabes bien lo que me molesta Santiago, que pasen por encima de mí. Esta vez me ganaron teniendo todo el poder. Por venganza harán público todo lo que hice mal e iré a prisión si soy débil.

El auto avanza entre Felipe Carrillo Puerto y Chetumal, la lluvia hace lento el viaje. La primera dama, que siempre está con él, es otro fantasma, ya no acompaña al poderoso hombre que viste la espantosa guayabera olivo que ella siempre aborreció.

~ ~ ~

Entre sombras y nubes de algo parecido a humo y un intenso ruido producido por la tormenta, se escucha la voz de un elegante hombre.

–– ¿Me repite el término y qué corte prefiere?

El hombre vestía una fina corbata pero la oscuridad espesa no permitía ver su rostro, ni reconocer el lugar con claridad.

–– Bien cocida––, le respondió confundido pero con rudeza el nervioso hombre que minutos antes charlaba con Santiago.

Acomodando el nudo perfecto de su corbata le dijo con voz suave aquel apuesto hombre.

—Le hablo del término legal por el que se le acusa señor, ¿desvío de recursos, peculado, enriquecimiento ilícito o es sólo la omisión en las funciones?

No entendía la pregunta, además le molestaba el tono burlón del fino hombre, sin embargo una credencial colgada en su cuello revelaba algo parecido a un abogado o funcionario público pero no lo distinguía.

Continuó el hombre hablando.

— Dije corte, pero no me refiero a carne, sino a la Corte que podría juzgarlo. Si usted sale del país sería la Corte Federal de los Estados Unidos por ejemplo, o podría ser alguna local. Usted debe analizar bien.

Para un hombre investido y enfermo de poder, fue suficiente. Y no pudo más con esos cuestionamientos. De un salto se abalanzó sobre aquel catrín. Pero le era imposible alcanzarlo, al intentar pegarle con su puño grueso, el hombre de la corbata se desvanecía como fantasma. Lo intentó varias veces pero fue absurdo porque parecía diluirse entre las sombras. De pronto el claxon de la camioneta aún conducida por Santiago, le despertó cuando se detuvo frente al filtro del estacionamiento del Palacio de Gobierno y le dijo: –– Señor despierte, ya llegamos.

–– ¡Santiago yo…!––. Se despabiló apresurado, empapado en sudor gritó: ¡Espera!, No entres, llévame lejos.

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