Flores Café, donde las paredes hablan

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En Mérida, en la Calle 16 entre Avenida Colón y 23 de la colonia García Ginerés, hay un lugar encantado con muchos espacios comprensivos.

Ahí las paredes hablan y hasta cantan: “Si me dijeran pide un deseo/Preferiría un rabo de nube/Que se llevara lo feo/Y nos dejara el querube/Un barredor de tristeza/Un aguacero en venganza/Que cuando se escampe/Parezca nuestra esperanza”.

Cruzando la reja -desde nuestra realidad cotidiana- para internarnos en Flores Café, entramos primero a un breve jardín donde dos jovencitas platicaban y reían en la mesa del rincón, mientras el poodle que las acompañaba era testigo, con la cabeza ladeada, de la charla entre amigas y, también, de la comprensión de ese espacio a la diversidad.

Era sábado por la mañana. La tormenta Earl había logrado desplomar la temperatura hasta 27 grados centígrados. El lugar estuvo, desde las primeras horas, repleto. Esperamos turno, sin aburrirnos; mucho menos, impacientarnos. Estuvimos absortas en “escuchar” las paredes: “Los sueños son cosas muy reales”; en leer sobre un muro las últimas noticias sobre eventos culturales, así como crónicas y artículos que reflejan el dinámico movimiento artístico en esa ciudad donde, así como en Flores Café, los muros de muchas casonas hablan: “Lo siento…”, leímos en una esquina y al final de la cuadra, sobre la misma pared, el desenlace: “… yo soy músico”.

El arte vive en Flores. Artistas yucatecos como Gerardo Gamboa, Javier Barrera, Viviana Hinojosa, Diana Castellanos, Samuel Barrera, Manuel Taure, y de otras partes como “El Negro” Ibáñez, M. Chico, o consagrados como Alfredo Zalce y el Maestro Castro Pacheco, están como cómplices de las pláticas de amistad, amor o negocios que transcurren entre las paredes.

Casi al mediodía la mesa que esperábamos, en el espacio más recóndito del jardín central, empezó a desocuparse. Los cronistas y escritores que habían estado ahí en sobremesa del desayuno, mostraban cierta resistencia a abandonarla. “Todos piensan que la zona VIP es el salón privado, pero no, es Aquí…”, me dijo uno de ellos al entregarnos, casi como trono, aquella mesa dispuesta frente a una pared que nos dijo: “Nunca mates a una mosca sobre la cabeza de un tigre”.

Entre limonarias que en mayo han de perfumar de jazmín ese rincón VIP, charlamos viendo “el lago”, como le llaman al estanque donde flotan las hojas caídas de un árbol, en una de cuyas ramas pende una jaula dentro de la cual canta, como pájaro, el extracto de un poema de José María Zonta: “Nadie aprende a volar hasta que inventa un cielo”.

Flores Café es una experiencia para todos los sentidos. Para el paladar, degustar un suflé de elote, especialidad de la Casa, es tan gratificante como saborear una copa de buen vino, entre monos de peluche y de cerámica que salen a nuestro encuentro desde los árboles o por los rincones de cada salón, entre ellos los tres monos “sabios” Mizaru, Kikazaru e Iwazaru, nombres que en la cultura japonesa significan “no veo, no escucho y no hablo”.

Después de un par de horas, de plática y contemplación, nos despedimos con cierta resistencia a abandonar nuestra mesa. Y entonces, aquel jardín nos habló: “Quédate con quien florezcas”.

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