La cantata de la violencia

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La semana de las fiestas ha sido también una semana de violencia en Cancún. Al menos de una violencia que no era común: las balaceras y ejecuciones, con su dosis de terror y lo que los defensores de la violencia del estado llaman “bajas colaterales” es decir, las personas que ajenas a la reyerta, reciben una bala de circunstancias.

Hace muchos años que Cancún tiene expresiones de violencia brutal. La baja calidad del nexo social, la poca integración y vacilante arraigo (diferentes caras del mismo problema si se quiere), y las circunstancias económica complejas daban episodios dantescos. Hace más de quince años, tuve la oportunidad de ver una gran cantidad de homicidios y lesiones, la mayoría muestras de saña entre conocidos y otros clara violencia casual, casi salida de la nada.

Algunos de esos asuntos los recuerdo con más crudeza de las que quisiera. Al lado de la bestialidad que vi desfilar, las balaceras parecen casi quirúrgicas, simples. Por supuesto no lo son: vidas se pierden, y ese es el punto. Sin embargo el ingrediente de escándalo de los ataques con armas de fuego nos priva del placebo de pensar que nada pasa, que es ajeno, que sólo ocurren esas cosas en colonias pobres o entre mafiosos, total que se maten mientras a mí no me toquen.

Esa peregrina forma de pensar dio lugar a las balaceras. Gobierno y sociedad ignoraron la realidad: la violencia está aquí latiendo y a veces produce un moretón, y a veces una explosión,  a veces a manos de alguien muy enojado o ávido de ganancia y poder. Como sea, es un síntoma claro de que hay quien no está dispuesto a seguir las reglas, de que hay quien sencillamente no quiere tolerar a los otros, por la razón que fuera, y encuentra su vía existencial en aplastar a los otros. O de quienes desesperados por la pasividad de autoridades o la falta de alternativas, justifican el golpe, la bala, la venganza, la satisfacción de no dejarse aplastar.

Hace mucho tiempo debimos tomar conciencia de lo frágil que es nuestra democracia, nuestras leyes, nuestra paciencia. No es mal momento para empezar con nuestra propia ira y estimar nuestra responsabilidad, lo mismo autoridades que ciudadanos, porque las balas, como se solazan en recordar los mafiosos y sus apologistas, le entran a todos igual.


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