“Hasta que la dignidad se haga costumbre”

'hasta que la dignidad se haga costumbre'

 

El caso de Jacinta, Teresa y Alberta dejó al descubierto hace unos días el lamentable, miserable, corrupto y maltrecho estado de sin derecho, que rige el actuar cotidiano de quienes llevan las riendas de la seguridad y de la justicia de nuestro país.

Hago hincapié en los servidores públicos que tutelan la seguridad federal, porque ellos, precisamente ellos callaron durante once años la verdad.

Ellos, los agentes federales armados y capacitados que supuestamente fueron secuestrados por tres mujeres indígenas, permitieron tal barbarie.

Ellos, los que supuestamente se encuentran sujetos a exámenes de confianza infalibles de acuerdo a las declaraciones hasta del propio presidente de México, mintieron y callaron ante jueces federales.

Ellos, a quienes se honra cada vez que existe algún enfrentamiento con la delincuencia, y tanto el expresidente Felipe Calderon, como el actual titular del ejecutivo, se llenan la boca para manifestar su aprecio y su deuda para con su supuesta lealtad a México; ellos, fueron los que permitieron once años de violaciones a derechos humanos de Jacinta, de Teresa y de Alberta.

Ellos, los supuestos gendarmes mexicanos, fueron los que mediante mentiras y un cobarde silencio le robaron más de una década a tres mexicanas por el solo hecho de ser indígenas y ser mujeres.

Por su parte, los jueces federales también tienen senda responsabilidad en los años de prisión de las tres mujeres. Tres años de pena de los 21 años a los que fueron condenadas por secuestrar a seis agentes federales, por ridículo que se escuche esto.

No era necesario llegar a la Segunda Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, o que tuviera que intervenir el entonces gobernador de Querétaro, Jose Calzada, para que el más alto Tribunal de la Nacional se viera obligado a atraer el caso y decretar la sentencia absolutoria en 2010.

No era necesario que un asunto tan absurdo como el de tres mujeres indígenas que secuestran a seis agentes de la entonces “AFI” tuviera que resolverse en la Suprema Corte de Justicia de la Nación por la entonces ministra Olga Sanchez Cordero. No era necesario. El asunto ya era absurdo desde el inicio.

Sin duda, perder tres años de tu vida en la prisión por una mentira es un tema muy delicado, pero se convierte en un tema de Estado muy grave, cuando los que falsean las declaraciones ante jueces federales y callan cobardemente la verdad para encerrar tras las rejas a tres mujeres otomíes, resultan ser seis agentes federales, es decir servidores públicos encargados de velar por la seguridad y la confianza de los mexicanos, y esto se convierte en un muladar, cuando jueces federales emiten sentencias de 21 años de cárcel por secuestro… maldita sea! En qué país vivimos?.

Por ello, considero que la pluma de la maestra en derecho y catedrática de la Universidad Autónoma de Querétaro, lleva toda la razón al expresar que la disculpa de PGR llega tarde:

“Y es en este momento, justo once años después de que la PGR cometió no un error, sino una violación a los derechos humanos de tres mujeres indígenas de Santiago Mexquititlán, que deciden sacarse la foto pidiendo una disculpa, pero esta llega tarde y evidentemente no es suficiente para las ofendidas, ni para sus familias, ni para el resto de la población. Y sin entrar a comentar el acto en sí, que repito pareciera inservible o irrelevante dado que no soluciona ni borra los problemas que la sentencia condenatoria generó a Teresa, Alberta y Jacinta, sí sirve para concebir algunos comentarios que podríamos en otros espacios analizar a profundidad…”

Sin duda la pregunta obligada es: ¿Qué responsabilidad tendrán los cobardes agentes federales que mintieron y callaron? ¿Qué responsabilidad tendrán los jueces que condenaron a 21 años un juicio tan absurdo?… Porque si no sucede nada, como siempre pasa en este país, el juicio de Jacinta, Teresa y Alberta no nos habrá dejado enseñanza alguna y estaremos condenados a repetir tan penoso hecho.

En México, ser mexicano ya es una desventaja ante sus pésimas, ignorantes y arrogantes autoridades encargadas de garantizar la seguridad e impartir justicia, pero si eres mujer y eres hñähñú u otomí, entonces si estas en peligro. Y esto nadie lo puede negar ante las miles de fojas de los expedientes de PGR y Tribunales Federales y CNDH de Jacinta, de Teresa y de Alberta.


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