“La mejor parte de nuestra vida la hemos vivido en Cancún”: Piji y Adrián Carabias

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Muchas de las historias de los cancunenses empiezan con la idea romántica de quemar sus naves en su ciudad natal y comenzar de cero en tierra nueva, pero la de Piji y Adrián Carabias tiene un inicio diferente

Fueron las constantes vacaciones a Cancún las que les plantaron la semilla de cultivar recuerdos en un lugar diferente, fertilizarlos con bellos momentos y verlos germinar hasta florecer.

Cuando hablamos de Los Carabias, nos referimos a una familia que, desde su llegada a Cancún, se identificó con la comunidad por los lazos comerciales que habían venido haciendo a través de los negocios que abrieron en varias plazas comerciales desde los años 80, ya que la familia de Adrián (de padre yucateco y madre moreliana) se había acercado a este destino que finalmente sedujo más a Adrián.

La historia de Piji es más aventurera, ya que fue en 1975 cuando viajó a Cancún con toda su familia, padres y hermanos, en un autobús particular que se asentó en Punta Cancún, donde la gente del hotel Camino Real les prestó luz para que disfrutaran sus vacaciones; “fue un viaje que marcó mi vida porque vi un Cancún virgen, lo que hoy es un gran camellón era el último pedazo de selva que quedaba y ahí nos quedamos cerca de dos semanas. Fue maravilloso porque prácticamente llegué de ‘mochilera’ a Cancún y en 1980 empezamos nuestra relación como novios Adrián y yo; siempre le contaba que esa aventura había marcado mi vida”, asegura Piji.

Adrián piensa que su destino ya estaba escrito desde antes, ya que cuando Piji nació le decían Pijiji, porque un pato de Yucatán hacía el mismo sonido que ella cuando se reía; ese significado remontó a Adrián a su lado yucateco y lo convenció de que Piji sería el amor de su vida. “Siempre ha habido un destino, y el nuestro lo marcaron
nuestros antepasados”, coinciden los dos.

La familia se empezó a ligar a Cancún a través de las constantes vacaciones y los negocios de Adrián que se empezaban a consolidar, y a partir de 1995, las visitas eran cada vez más frecuentes, hasta que invirtieron en un terreno dentro de un
fraccionamiento que estaba despuntando.

“Creo que la sociedad de Cancún se consolidó con el paso de dos fenómenos naturales: los huracanes ‘Gilberto’ y ‘Wilma’; uno despertó el lado turístico a través de la ayuda que se envió de todo el mundo para su reconstrucción y que se coronó con el certamen Miss Universo que puso el nombre de Cancún en el mapa; y el segundo depuró la sociedad y confirmó el amor de quienes ya vivían en Cancún o de quienes llegamos para ver renacer este destino”, comentan.“la mejor parte de nuestra vida la hemos vivido en cancún” “la mejor parte de nuestra vida la hemos vivido en cancún” piji y adrián carabias

“En el verano de 2005 llegamos a vivir a Pok Ta Pok mientras terminaban la casa que estábamos construyendo. Mis hijos estaban muy chicos y esa edad los hizo cancunenses. Ninguno se refiere a la Ciudad de México como su tierra; ellos se asumen cancunenses y aunque ya no viven aquí por sus estudios y trabajo, afirman que la mejor parte de su vida la vivieron en Cancún”, nos dice una emocionada Piji.

Adrián comentó que “2005 fue un año que marcó nuestra vida porque ese año murió el papá de Piji, y para cambiar de aires, decidí traer a la familia a un lugar nuevo. No fue fácil porque las comodidades de una ciudad, comparadas a las de Cancún, estaban en desarrollo, y posteriormente con el huracán, mucha gente pensaba que nos íbamos a regresar, pero no fue así. Nos aguantamos y compartimos las mismas carencias de luz y servicios, igual que todos, pero lo mejor fue la convivencia que se hizo entre los vecinos que nos recibieron. La lista es enorme, y hoy son nuestros mejores amigos. Les estamos muy agradecidos. Fue cuando empezamos a tejer una cadena de favores entre la sociedad que nos dio la bienvenida”.

“El cambio fue radical. Cambiamos todo por algo nuevo, de lo que hoy nos sentimos parte, ya que la sociedad se depuró y empezamos a participar de forma activa en asociaciones como la Cruz Roja”, afirma Piji, “y para Adrián, al formar parte de la Cámara Nacional de la Industria del Vestido, vio a Cancún como un punto estratégico para producir y distribuir en todo el territorio”. Esta fue la forma en que ambos quemaron sus naves y comenzó la aventura.

Definitivamente la visión de Adrián fue más allá de playas, sol y palmeras; él no se dejó seducir por la industria hotelera, sino por la mano de obra artesanal de la gente de la región, específicamente de las mujeres,  que son más detallistas a la hora de confeccionar ropa; pero su objetivo dio un paso adelante y abrió la puerta a madres solteras que, tal vez no cuentan con estudios profesionales, pero su pasión y vocación por el lado artístico de la ropa es suficiente para darles una oportunidad.

Piji cumplió su misión educativa como madre en Cancún, pero cuando se queda ‘el nido vacío’ decidió ejercer su vocación académica en la docencia a través de la oportunidad que le brindó la familia Moreno en el colegio Diuni. “Creo que mi aportación a la sociedad empieza en los niños. Soy guía Montessori, y siento que al participar en su educación, despiertas la responsabilidad y el respeto al lugar donde viven; esa es mi contribución personal y profesional. La disfruto todos los días y es también el tatuaje que llevo en mi corazón, porque es la convicción de mi amor por Cancún. Creo en los niños como el presente, pasado y futuro de cualquier lugar, y al ser incluyentes, hacen más fuertes los lazos entre los llamados niños con capacidades especiales; realmente todos las tienen, yo no veo niños diferentes, todos son maravillosos y únicos”.

Tanto Adrián como Piji consolidaron su convicción como cancunenses de manera conjunta como familia, pero cada quien ha echado raíces por su parte y se ha ganado la admiración y el respeto de la sociedad por sus acciones, encaminadas todas a participar, ya que han sido bienvenidos en círculos sociales, políticos y culturales, con el mismo entusiasmo por igual.

Para Adrián y Piji, el crecimiento de Cancún no sólo está en lo arquitectónico con sus hoteles, en sus nuevos desarrollos habitacionales y en los atractivos parques turísticos, sino en su gente. “Hoy vemos un Cancún más participativo que no se calla ni se conforma; exige y aporta soluciones para que sea una ciudad digna de quienes elegimos vivir aquí; en otras partes brindar ayuda es más difícil. Hay muchas fundaciones, y lo mejor es que a veces la misma gente participa en una o dos asociaciones al mismo tiempo. Nosotros hemos sembrado en nuestra familia el verbo ‘ayudar’, incluso lo hemos visto en el extranjero; hemos tenido suerte de coincidir con cancunenses que nos vemos como familia en un momento dado”.

Pasados los años, Piji y Adrián coinciden que la niñez que vivieron sus hijos: Adrián, Juan Pablo y Julián, fue la mejor que les pudieron haber dado. En ningún otro lugar hubieran sido tan afortunados de respirar esa tranquilidad que da Cancún. “Hoy en día ha cambiado un poco el panorama, pero si apoyamos a nuestras autoridades, participamos, denunciamos y trabajamos juntos, podemos hacer de éste un mejor destino turístico. La felicidad de la familia se completó con la llegada de doña Ana María Marbán, madre de Piji, quien vive feliz el cambio de vida que hizo hace más de cinco años, ya que la ha unido más a su hija y yerno, así como a sus nietos, que ya no ve con tanta frecuencia, aunque en esta Navidad se volverán a unir, disfrutando la vida que eligieron por convicción, en Cancún.


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