Los malos perdedores

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Siempre que se compite alguien pierde. Hay cosas, como los anillos, los cetros y las sillas presidenciales, que sólo pueden ser poseídos por una persona a la vez. Y entonces pueden pasar dos cosas: el perdedor acepta o se niega a aceptar su derrota. Lo que está muuuy mal es que alguien entre a la competencia, grite a los cuatro vientos que va a ganar y luego, cuando sienta que va a perder, grite a los otros cuatro vientos que la elección es un fraude.

Eso es lo que acaba de hacer Donald Trump. Ha dicho que se alista un fraude para la elección de Estados Unidos. Es claro que, si sigue de bocafloja, no aceptará los resultados. Como los buenos demagogos, Trump es un populista retórico que no tiene idea de política, administración pública o ética republicana, pero sabe conectarse con los prejuicios, la pobreza y la ignorancia de la gente. Y claro, es un berrichudo que ahora nos regala otra perla de la comunicación, porque puede ser un berrinche, pero lamentablemente tiene bastante munición para alimentar el fuego que arroja contra su propia aspiración.

Los Estados Unidos tiene una larga historia de fraudes electorales. La leyenda negra afirma que John F. Kennedy ganó gracias al voto cautivo de los sindicatos de Chicago, controlados a su vez por un mafioso amigo de su padre llamado Sam Giancana, con quien se le relacionaría repetidamente a lo largo de su vida en hechos controvertidos, y con el apoyo de las oscuras artes electorales de Richard J. Daley, alcalde de la misma ciudad por 21 años. Hubo impugnaciones pero no prosperaron. Hasta la fecha se cree que Richard Nixon ganó esa elección realmente. Siguiendo con chanchullos históricos, muchos recordamos la truculenta historia que llevaría a la presidencia a George W. Bush en el 2000, que involucró el “rasuramiento” de afroamericanos del padrón electoral en Florida, elaborado por una empresa privada; en ese estado históricamente hasta los muertos votaban varias veces y los votos por correo no tienen supervisión, al grado que investigaciones han determinado que se pagó a indigentes para que llenaran boletas de entrega por correo a 10 dólares la firma y una larga serie de historias que oscilan entre la vulgar corrupción y el surrealismo.

Sin embargo el sistema electoral gringo es fraudulento por naturaleza, no solo por maña. Con el tiempo, se ha establecido con certeza que por lo menos 4 veces ha sido presidente en Estados Unidos quien no ganó la elección, porque el voto de los electores no determina quien es presidente. El voto de la población se convierte en el llamado “voto popular” que es un número fijo de votos por estado, proporcional a su votación, que ostentan unos “comisarios”, que son los que en realidad votan directamente para presidente. El problema es que el candidato que gane en el estado se lleva todos los votos electorales, desapareciendo por arte de ignominia los votos del perdedor, salvo en dos estados. Luego la Cámara de Representantes (de diputados de decimos aquí) con la participación del Senado, cuenta esos votos y declara presidente al más votado, previo desahogo de las impugnaciones que los propios representantes interpongan. Este ridículo sistema data del siglo XVIII, así que es inexplicable porqué en un país pionero en el uso de la urna electrónica sigue usando esa antigualla.

De modo que se necesita que el perdedor acepte los resultados por partida doble. El candidato a vicepresidente de Donald Trump ya salió a decir que éste aceptará el resultado, porque la profunda aversión por los llorones anticipados es muy extendida. Tampoco es que los políticos quieran minar un sistema del que han sido beneficiarios durante siglos, por más que urja cambiarlo.

Pero además está la razón por la cual el sistema se salva, está la parte que a nosotros nos falta: que en efecto, el perdedor hace lo que debe y cuando el asunto es resuelto en definitiva, acepta en serio y sigue con su vida. La historia lo demuestra: en el dos mil, durante la sesión que declaró el triunfo de G. W. Bush, los diputados negros impugnaron la elección. El procedimiento exigía que al menos un senador firmara la impugnación, ninguno lo hizo. La protesta de los diputados de color fue dura: cada uno cuestionó el sistema, hizo denuncia de fraude, y una en particular dijo “…y me importa un bledo que no esté firmada por ningún senador”, aludiendo el hecho de que no había un solo senador afroamericano. El presidente del Congreso le dijo a la diputada “Le recuerdo que en esta Casa las reglas sí importan” y quien lo decía era la encarnación de ese respeto, porque era nada menos que Al Gore, Vicepresidente de Estados Unidos, Presidente del Senado, y el mismísimo candidato perdedor.

Si Al Gore pudo, Trump y cualquiera de nosotros puede.


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