Mis razones para vivir en Cancún, empiezan a perder sentido

Mis razones para vivir en Cancún, empiezan a perder sentido

 

Las motivos principales por los que hace 20 años huí de la Ciudad de México para radicar en Cancún, fueron impulsados por el temor que me provocaban los terremotos y la violencia. Creo que en ocasiones a las decisiones que están  motivadas por el miedo les falta corazón, pero cuando la vida se ve amenazada, he descubierto que puede ser un buen consejero.

Enero 9, 21:48 horas, sentimos una leve sensación de mareo, la cama se mecía como hamaca, la plática íntima que estaba teniendo con mi hijo de 11 años, estaba cimbrando cimientos, en los dos. -“¿Hay ratos en los que te arrepientes de ser mamá? fue su pregunta. Todo se movió y el diálogo a corazón abierto fue interrumpido, “está temblando” – le dije. Siguió mis pasos.

La primera vez que sentí un temblor en Cancún fue el año pasado, mis reacciones tras la negación, respondieron más al impulso y al pánico. Para la segunda vez, ya tenía un plan. Vivo en un edificio y sé que las escaleras y los elevadores son trampas de muerte. Quedarnos en el departamento, cerca del baño para tener acceso al agua y sobrevivir más tiempo, nos pareció lo más congruente.

La adrenalina galopante, la piel erizada y la impotencia, el darnos cuenta de lo vulnerables que somos y de lo frágil que es la vida; una mezcla de emociones y pensamientos que se agolpan en un instante. Entonces las medidas cautelares se tornan instintivas y el miedo empieza a transitar con ritmo pausado pero constante, hacia la inminente resignación. No hay nada que hacer, solo esperar.

Al decidir vivir en Quintana Roo estaba escogiendo simultáneamente, el desastre natural que acompañaba al destino. Los huracanes, aunque devastadores, se anuncian y ofrecen tiempo suficiente para planear la protección y la huída. Ahora se habla también de la posibilidad de tsunamis, fenómeno desconocido por la mayoría sobre la que nos tendremos que documentar. Está sucediendo lo impensable.

También había en Cancún una garantía de seguridad en la vida cotidiana y en las calles, sin importar el horario. La delincuencia desvinculada, la casa de cambio que abusaba del turista y el carterista veloz, fueron opacados por las balaceras y persecuciones entre bandos y el clima de inseguridad.

Me tocó vivir la transformación de un pueblo pequeño con un solo supermercado, donde la mayoría de las caras eran conocidas, a ésta ciudad que ha crecido de manera desordenada y exponencialmente al igual que sus carencias.

Existen dos tipos de desgracias, las ineludibles y las evitables. De los desastres naturales nadie escapa, nos suceden. Mientras la ingobernabilidad, la falta de seguridad en las calles, los delincuentes comunes y los que  figuran en primeras planas, las frustrantes cortinas de humo,  los árboles genealógicos que heredan gobiernos, el hambre de poder que autoriza la devastación de manglares y construcciones privadas sobre playas públicas y la inminente corrupción, éstos, son los desastres que sí se pueden evitar.


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