Perdón, vida de mi vida

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Por Adriana Varillas

Si me doy la licencia de cantar en esta columna, discúlpenme. Es que desde ayer traigo en la mente una canción de Daniel Santos, con la Sonora Matancera. Además, están de moda las disculpas.

“Perdón, vida de mi vida/ perdón, si es que te he faltado/ peeerrrdónnnn, cariñito amado/ ángel adorado, dame tu perdón”. Esta rolita de antaño es herencia de mi abuela e inevitablemente me vino a la mente al escuchar al presidente, Enrique Peña Nieto, quien ayer nos ofreció una sentidísima disculpa por lo ocurrido con la Casa Blanca, en noviembre de 2014.

A propósito de la promulgación del paquete de leyes que integran el nuevo Sistema Nacional Anticorrupción, Peña Nieto –el jefe de Estado más impopular en la historia moderna del país, de acuerdo con encuestas que lo sitúan con menos de 40 por ciento de aceptación- dijo que, pese a conducirse –según su versión- apegado a Derecho, falló en su responsabilidad de cuidar la percepción respecto a su papel en el tema de la Casa Blanca.

“La información difundida por la llamada Casa Blanca causó gran indignación; este asunto me reafirmó que los servidores públicos además de ser responsables de actuar conforme a Derecho y con total integridad, también somos responsables de la percepción que generamos con lo que hacemos y en esto reconozco que cometí un error.

“No obstante que me conduje conforme a la ley, este error afectó a mi familia, lastimó la investidura presidencial y dañó la confianza en el gobierno. En carne propia sentí la irritación de los mexicanos, la entiendo perfectamente; por eso, con toda humildad les pido perdón, les reitero mi sincera y profunda disculpa, por el agravio y la indignación que les causé (…)”, expuso.

¿Qué quiso decir con eso?

  1. Que no hizo nada malo, pero todo lo inculpa.
  2. Que lo hizo todo mal, pero no supo cómo maquillarlo bien.
  3. Lo que hizo, hoy quiere cubrirlo con un juego de palabras, pero le sale mal.
  4. Que como daño colateral propició voluntaria o involuntariamente la salida del aire de la periodista, Carmen Aristegui.
  5. Que no renunció ante un caso de conflicto de intereses evidente y bochornoso.
  6. Todas las anteriores y ninguna a la vez.

(Si no le atinaste, pide una disculpa; no te preocupes)

En resumen, entiendo que la versión oficial es que él no hizo nada malo, pero se equivocó al no cuidar las apariencias, al no pensar en la percepción que generarían sus negocios con Juan Armando Hinojosa, quien vendió la propiedad a su esposa, Angélica Rivera, quien dijo que con su sueldo de actriz de Televisa adquirió la propiedad.

Es curioso que la disculpa del presidente llega un año y 8 meses después del escándalo y dos años antes del relevo presidencial del 2018, cuando el PRI va en picada.

No pensemos mal. Quizá no había tenido tiempo de reflexionar. Después de todo ha estado sumamente ocupado buscando a los 43 normalistas de Ayotzinapa, preludio del escándalo de la Casa Blanca.

Tal vez no había tenido tiempo de pensar, por andar resolviendo el aumento de la luz y las gasolinas que prometió que descenderían con la Reforma Energética; quizá le consume mucho tiempo apagar fuegos en Guerrero, controlar a los maestros en Oaxaca y Chiapas, contener a los grupos armados en Michoacán, buscar tierra para sepultar a los ejecutados y a los desaparecidos en todo el territorio nacional; maniobrar en 14 entidades que tuvieron elecciones para que el PRI resultase peor que barrido; idear cómo descalificar a maestros, doctores, periodistas, activistas y demás voces críticas a sus Reformas y a su administración, en sí; maquillar las cifras de pobreza a través del INEGI… no sé.

Más allá de lo que “el presidente quiso decir…”, la gran duda ahora es, si los alcances de sus negocios con la constructora Higa, beneficiada desde que Peña fue gobernador del Estado de México, merecen la cárcel, más que una disculpa, al constituir un posible delito.

¿Qué tendría que pasar, al margen del perdón? ¿qué, ante un aparente delito y no ante un simple agravio?

Uno esperaría, mínimo, que se reabriera la investigación de la Casa Blanca, conducida, esta vez, por un funcionario imparcial, que no fuese amigo del presidente, como lo es Virgilio Andrade, quien por cierto, renunció ayer mismo a la titularidad de la Secretaría de la Función Pública.

Virgilio, el amigo colocado por el amigo en ese puesto, exculpó a Peña del posible conflicto de intereses. Gracioso, vergonzoso o grotesco, no sé.

Otra cosa que debió haber sucedido desde noviembre, es que si va en serio el ánimo de ir contra la corrupción y de mirarse en el espejo, como dice Peña, tendría que estar presentando su licencia al cargo, mientras se reabre el caso y se desarrollan las investigaciones.

Hay quienes opinan que lo que debería hacer es, de plano, separarse del cargo, como lo hiciera el entonces presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, con el escándalo aquel del Watergate.

Finalmente, la Casa Blanca es el segundo escandalo político a nivel mundial más documentado periodísticamente, después del Watergate.

Si no mal recuerdo –porque aunque cante las de Daniel Santos y la Matancera, todavía ni nacía en esa época- Nixon renunció. No sé si pidió perdón, pero se separó del cargo.

Otra pregunta es, ¿cuántos gobernadores tendrían que salir hoy, a pedir disculpas, siguiendo el ejemplo del presidente? Se me ocurren, al menos, tres nombres.

“Sí, tú sabes que te quiero/ con todo el corazón/ con todo el corazón/ con todo el corazón/ que tu eres el anhelo de mi única ilusión/ de mi única ilusión (…)”.


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