¿Queremos resultados o programas?

¿Queremos resultados o programas?

 

Algunos la odian, otros la aman, otros simplemente no la entienden, habrá quienes la quieren evitar en la medida de lo posible, pero la realidad es otra: la política siempre es un tema que hace ‘sombra’. No lo digo como algo negativo, si no como todo en esta vida, si no le entendemos es algo que solemos pasar por alto. Pero no deja de llamar mi atención las características que siempre acompañan a los temas políticos:

  • Indiscutiblemente surgen en cualquier plática,
  • Generan polémica y/o discusión,
  • Se perciben como algo extremadamente complejo.

Me pregunto yo: ante todas estas variables, ¿por qué la gente sigue esperando que de la esfera política surja la explicación a la supuesta complejidad? ¿No es, -hasta cierto punto- incongruente pensar y exigir eso? Si partimos de que la mayoría tiene la opinión de que los políticos son corruptos, ¿por qué serían ellos los que arreglarían las cosas? Siempre recibo la misma respuesta ante por qué la gente no busca por propia cuenta saber más del tema: “no tengo tiempo de aprender/investigar”. Aunque estoy segura que sí existe tiempo para pasar horas en Facebook, Netflix, blogs, YouTube, etc. Entonces, si no hay interés del político, ni del ciudadano por resolver el conflicto… es un vicio de nunca acabar.

El otro día me llamó la atención escuchar la frase “el ciudadano no quiere saber de programas, lo que quiere son resultados”. Primero, ¿sí sabemos cuánto tiempo y qué se requiere para construir un programa de política pública? Probablemente no. La mayoría supone que inmediatamente se puede detectar un problema, generar un diagnóstico, y en 1 o 2 meses (porque seguro a ojo de buen cubero ciudadano ya es un tiempo adecuado) el gobierno tendría que empezar a atenderlo.

La realidad es otra. Muchas veces la opinión pública genera presión sin conocimiento de causa -y más en esta era tan tecnológica con tanto video tan fácil de publicitar- obligando así a los gobiernos a actuar de forma inmediata, esto en el mejor de los casos produce algún tipo de resultado positivo, en el peor genera consecuencias imprevistas y totalmente indeseadas.

Vamos a tomar como ejemplo las políticas adoptadas en el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero en España. En 2005 instauró varías subvenciones, entre ellas la del seguro de desempleo cuando éste se encontraba en un 8.5% y con una tendencia a disminuir. Fue una política sumamente atractiva, incluso llevándolo a ganar su reelección. Pero esta política pública generó con el tiempo que fuera más atractivo estar desempleado que ser un trabajador. Aunado a la crisis del 2009 se llegó a una tasa del 17.9% de desempleo. Para cuando terminó su mandato se ubicó en un 22%. No ha sido fácil para España poderle dar la vuelta a esta tendencia, justamente por lo arraigada que llegó a estar esta política en la ciudadanía, este país vivió su peor momento en 2013 con una tasa de desempleo del 26% y apenas 8 años después, se sitúa nuevamente en un 17.8%. Y aún le queda mucho por hacer para mejorar la situación…

Es un hecho que el actuar de los gobiernos no es estático, para la toma de decisiones se debe adecuar constantemente al contexto interno e internacional, modificación de leyes, procesos políticos, burocracia que marca pautas en el flujo de ingresos y egresos, etc.; esto es a lo que el politólogo Charles E. Lindblom llamó “hacer política incremental”, lo cual significa hacer pequeños cambios sobre una misma base únicamente examinando las consecuencias de una toma de decisiones, a través de comparar los resultados de esa misma política pública implementada a lo largo del tiempo.

Pero, ¿a dónde quiero llegar con todo esto? Más allá de la corrupción –qué es latente y palpable en muchos trámites-, en el quehacer de las políticas públicas, que bien ejecutadas pueden generar programas que ayuden a darle la vuelta a los indicadores de pobreza de carencia social o alimentaria en 5 años o menos; en muchos casos son los mismos ciudadanos los que están provocando por exigir a toda costa un resultado, que con mayor facilidad se elija la vía rápida, omitiendo la teoría y la aplicación de un racionalidad con un exhaustivo análisis que incluya costo – beneficio. Esto a Zapatero le dio un resultado positivo durante 4 años… pero con el paso del tiempo el balance resultó aún más en lo negativo. ¿Realmente eso queremos? ¿Lo inmediato por lo perdurable?

Quizá por eso sea importante aprender la diferencia entre la implementación de una política de mejora regulatoria, que de una política distributiva. La primera genera programas que atacan la corrupción, la segunda a la pobreza. Hablar desde la teoría y no desde la urgencia me parece un debate prioritario en nuestro país, y esto es tarea de todos: sociedad y gobierno. Como ciudadanos nos ayudaría a exigir y focalizar las peticiones a la hora de presentar nuestras demandas.


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