Hay que saber cuándo parar

trump

Debo confesar que en un primer momento la visita de Donald Trump se me hizo buena idea. Por supuesto estaba equivocado. En un principio pensé que Peña y asesores habían fraguado una emboscada. Cuando comenzó la conferencia de prensa estaba a la expectativa: algo va a suceder. Y al final resultó que el copetudo rubio le tendió una emboscada a nuestro presidente.

Me parece que la palabra perfecta es patético. No se me ocurre una mejor para describir al presidente Peña. Fue una pesadilla hecha realidad: desde que tengo memoria hemos asumido a nuestros gobernantes como serviles particularmente ante Estados Unidos, pero hasta ahora no los habíamos visto agachar la cabeza literalmente, frente a los extranjeros, en este caso, uno que ni siquiera es jefe de Estado o de gobierno. El apellido Santa Anna se ha repetido hasta el cansancio, como paralelismo histórico oprobioso, surrealista, un intento desesperado por medir la incompetencia como traición, al grado de que hay propuestas serias para pedir la destitución del presidente. Siempre he visto estas peticiones más como neurosis que como pretensión de justicia, básicamente aspavientos ridículos y marginales, pero no esta vez.

Más allá de las filias o las fobias, de la brutal impopularidad del señor de Atlacomulco, de su tesis falsa, de la frivolidad de su esposa e hijos, de su habla recortada, no puedo atinar a explicar cómo rayos es que un presidente se puede equivocar tanto y tan seguido, salvo por la necedad de sostener sus consentidos cerca y de hacerles caso aunque le disparen en la cabeza, como si en vez de ser Presidente fuera la víctima de un secuestro, inerme y sin control. Es más, todo indica que el responsable de la visita fue el Secretario de Hacienda, por encima de los encargados de la diplomacia y la política interna de este país, ninguno de los cuales ha tenido la dignidad de renunciar y pronunciarse claramente en contra en lo que fue la estupidez por la que será recordado este sexenio.

No contento con la rematada torpeza con la que se manejó (y el peligro del futuro cercano que implica) la visita de Trump, hace un “foro abierto” con jóvenes, hecho a modo, como si no nos fuéramos a dar cuenta, como si el tono de los lambiscones y paleros nos fuera desconocido, como si no los hubiéramos visto tantas veces en la prensa local, en la nacional, en cada campaña e informes de gobierno que emulan pasarelas.

Justo cuando necesitaba un golpe espectacular, el presidente se arroja de bruces en el lodo por enésima vez, cual saltimbanqui inexperto que trata de balancearse en un monociclo, hacer malabares y sonreír al mismo tiempo, pero que no sabe hacer ninguna de esas cosas, y al final se enoja porque no le aplauden.

Hay que saber cuándo irse, cuándo las circunstancias obligan a hacer acomodos y prevenir problemas fatales, por eso se hacen cambios en el gabinete, en los programas, en el rumbo, ¡cuándo parar!, es un arte llamado política. Pero esas son cosas que Peña parece desconocer. Creo que el único punto final que esto puede tener es la renuncia del presidente, porque ha caído en donde nadie antes que él, porque parece que lo único que puede superar es su propia incompetencia. Como bien sentenció una de mis alumnas en sus redes “Cuando crees que el sexenio no puede ponerse peor, este inepto acepta el reto”. Así, con todo y punto final.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Diseñado por Octopus Agencia de Marketing Digital