Samantha Frachey, una apasionada por la vida

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Llegamos a Cancún en el 75, mi primer recuerdo es una inyección, una vacuna que me pusieron en un kínder que se llamaba Ruiseñor, no recuerdo ni dónde estaba. Pero en realidad llegamos a Xel-ha porque a mi abuela le dieron la concesión del aprovechamiento de la caleta del lugar

La familia de Samantha viene de todas partes del mundo, su padre es italiano y sus abuelos muy mexicanos. Su abuelo fue político reconocido de los años 50’s, era mucho mayor que su abuela por lo que ella enviudó muy joven y con 8 hijos. Sin embargo, por todas las prestaciones que tenía un funcionario en ese entonces, parte de la pensión que recibió la familia fue la Isla de la Roqueta en Acapulco, donde se establecieron.

“Mi abuela era bohemia, dentro de toda la estructura que le daba mi abuelo, amaba los animales, era medio hippie, le encantaba el ámbar, era un contraste complementario para mi abuelo. Sufrió mucho cuando él se fue, así que después de su muerte y vivir ocho años en Acapulco, su espíritu libre, la lleva al Caribe, alguien le contó del proyecto Cancún, entonces agarró a sus 8 hijos y sus varios nietos y nos trajo para acá, porque le avisaron de Xel-Ha”. En ese entonces su mamá tenía 23, y ella 2. 

EL CANCÚN NATURAL

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Y como todos los que llegaron al Cancún del principio, las anécdotas de Samantha tienen un toque verde por la vegetación, lleno de vida y contacto directo con la naturaleza. Cuando recién llegaron se instalaron en la Bonampak, de ahí surgen recuerdos de la camioneta que salía a fumigar en las calles y cual niños de la selva, salía con sus amiguitos y vecinos en calzones, corriendo tras el vehículo. Era una época de mucha libertad.

Poco después se mudaron cerca del Parque de las Palapas, donde recuerda las tardes caminando entre la vegetación y montando árboles. Iba en el primer grado de la primaria, en el Británico; después cursó el segundo en La Salle, en el aeropuerto viejo, donde sólo había cuatro salones, y que se llegaba únicamente a través de una vereda. Era una época donde los niños crecían rodeados de cualquier cantidad de animales, changos comiendo zapote, un cenote donde tenían prohibido ir porque había un cocodrilo de Don Manuel, y la manera más divertida de pasar la tarde era jugar con los tábanos, metiéndolos en bolsas de plástico para agitarlos todo el día.

“Era un Cancún en el que podías estar en la calle sin preocupación, incluso recuerdo que nos íbamos puros niños a la playa, solos, entre primos y vecinos, de 10 a 14 años; íbamos a pescar al jardín del arte, pescábamos jaibas, langostas, snorkeleábamos. Incluso me tiré del puente Calinda a la edad de 10 años. No sé cómo lo hice”, termina esta frase riendo.

Su madre, Lolita López Lira se casó con José Luis Martínez cuando Samantha estaba en cuarto de primaria, una pareja ejemplar con una visión increíble que los lleva al lugar donde hoy se encuentran. En ese entonces tenían una oficina en Plaza Quetzal, frente al Hotel Presidente, la plaza tenía un muellecito con cordeles donde Samantha pasaba horas.

Con alegría nos cuenta la manera en que se las ingeniaban para hacer cosas. Tenían galletas con las que atrapaban pececitos pequeños, quienes eran la carnada. Samantha, hábilmente chantajeaba a su hermano: “Rogelio, ¿recuerdas que mi mamá te pidió que hicieras algo y no lo hiciste?, pues si no haces lo que te diga, te acuso”. Mientras su hermano como quien no quiere la cosa mordía el pececito y lo convertía en carnada real. Tomaban los clips de la oficina, y los tiraban al agua. Sorprendentemente sacaban barracudas. Hoy Rogelio es uno de sus cómplices de vida.

“Nos montábamos en barcos improvisados con salvavidas, nos íbamos por toda la laguna remando con palos, llegamos a cruzarnos con cocodrilos, incluso vimos tiburones. Era una experiencia increíble, estábamos realmente conectados con la naturaleza”.

LA HOTELERÍA EN LA SANGRE

Todo este apego a los animales y a la naturaleza, despertó en la joven Samantha una inclinación a ser veterinaria, sin embargo el turismo nunca dejó de ser parte importante, pues toda su familia se dedicaba a eso.

Terminó la prepa un año antes, pues siempre fue aplicada; para ese entonces se abrió la universidad La Salle, fue a la primera clase y se dio cuenta que era lo mismo que enseñaban en la prepa, por lo que decidió tomarse un año y ver qué pasaba. Durante ese año no se dedicó a otra cosa que no sea montar, una de las pasiones que mueven su vida.

“Cuando iba a salir de la prepa recuerdo que Memo Cerda y muchos otros amigos de mi grado, hablaban de irse al Tec de Monterrey, a la Ibero, a la UDLA y presentar el examen de admisión, sin embargo, yo siempre quise quedarme en Cancún, me encantaba. Pero tarde o temprano debía estudiar algo y al año siguiente entré al Tec de Monterrey”.

Samantha se graduó en Comercio Internacional con una especialidad en Finanzas, pues era la época en la que el tema del libre comercio de Salinas de Gortari pegaba, entonces era propicio el momento. Cuando salió de la universidad, y tras trabajar un par de años en temas de aduanas e importaciones con la señora Meche Hernández y Lupita Carrillo, se incorpora al negocio familiar.

EL NEGOCIO FAMILIAR

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Su madre junto a José Luis Martínez empezaron con Lomas Travel como un negocio familiar; al principio era una agencia de turismo receptivo con un equipo de 3 personas, poco a poco fue creciendo y se expandió tanto de forma horizontal como vertical. Y empezaron a abrir sus propios hoteles bajo el nombre “Dorado”.

“Éramos una empresa nacional y hace 15 años un hotel nacional no tenía ningún renombre, credibilidad”.

Pero eso no evitó que siguieran trabajando duro, y demostraron que una familia, una  pareja de soñadores y emprendedores, con objetivos claros, que trabajaron y pusieron todo su esfuerzo y energías en algo, lo pudieron lograr. Hubo sacrificios, implicó retos, trabajo, desvelos, alianzas ayuda y compromiso.

Samantha oficialmente entró a la escena al abrir el segundo hotel de la familia, el Dorado Royale. “Aun recuerdo que para abrir el primero, abrimos únicamente con tres habitaciones, y como estaban empezando no tenían  para amueblar el hotel, entonces con mis ahorros de la universidad fuimos a Telebodega a comprar tres cabeceras, tres burós, tres lámparas, lo necesario para que abriéramos las primeras tres habitaciones, que luego fueron 6, 9, 12….”. Agregó

Fue así entonces que empezó la aventura de integrar los departamentos de recursos humamos, ventas, grupos, bodas, sustentabilidad calidad etc., de manera simultanea a la alianza estratégica que se realizó con grupo Karisma, con la que se logró consolidar esta empresa familiar, a una empresa o marca hotelera de clase mundial con las certificaciones y reconocimientos que hoy tienen.

“Tuve la enorme fortuna de estar en medio de todo esto, fui creciendo, aprendiendo y preparándome conforme la marca sufría este cambio para bien. Me di cuenta que la hotelería no es simplemente dar el servicio, es todo lo que está detrás y para mi se abrió un mundo entero y desconocido, en el que llevo 16 años y que no pretendo dejar”.

PASIÓN POR EL PAÍS Y LOS CABALLOS

Algo que caracteriza a esta mujer es su pasión por el país.

“Hace unos días leí en una revista brasileña sobre la situación pesimista en la que el país se encontraba referente a los Juegos Olímpicos. Leí de una señora, se ofreció como voluntaria en los eventos y en una entrevista le preguntaban por qué lo hacía y ella dijo: ‘yo no sé de política o de economía, solo sé que amo mi país y puse mi parte’. Esas palabras me retumban en la cabeza y me ponen la piel chinita, yo también quiero poner de mi parte en el país”. 

imgpsh fullsizeSamantha ha tenido precursores y ejemplos de vida impresionantes que le han enseñado sobre la dedición y la pasión, en cualquier ramo de su vida, como criar a su hijo, llevar la empresa o empezar una desde cero. Pero esta pasión por la vida, tomó un giro de 180 grados a la edad de 12, con los caballos.

Ella empezó a montar cuando su mamá apenas iniciaba la agencia, Un día los visitó Carlos Estrada, y les habló de un espectáculo con caballos, su mamá le comentó de la inclinación por los caballos de su pequeña hija y la invitaron a ver el show.

“Iba cada que podía, me encantaba verlas montar con sus vestidos de colores, las veía orgullosas, regias. Me atrapó”. 

Tras varios shows Samantha insistió en que quería un caballo. Su mamá evidentemente no podía, pues el negocio todavía no arrancaba al 100%; era la escuela o el caballo. Pero astutamente investigó la manera de obtenerlo. Platicó con un profesor que le comentó de una beca, aplicó y un día llegó con su mamá:

“¿Cuánto cuesta un caballo? ‘Unos dos mil pesos’ ¿Cuánto cuesta mi escuela? ‘Mil pesos mensuales’. Hice mis cuentas y les dije,: ‘eso da un total de doce mil al año, bueno aquí está mi carta de beca, mi caballo cuesta dos mil, se van a ahorrar doce de mi escuela, yo creo que con diez sí alcanza para alimentarlo y cuidarlo un año’. Y sólo así pude hacerme de un caballo”. 

Samantha se ríe y confiesa que era el caballo más feo de la zona, lleno de sarna, tan feo que le llamaron “El burro”, pero para ella era lo máximo. En ese momento encontró un sentido para su vida, como de pertenencia, empatía y responsabilidad.

Y desde entonces no lo ha dejado, es su librador mental; ha cambiado de ser una niña, a adolescente y después mujer, esposa y madre; de una estudiante a una empresaria; pero siempre ese ha sido su constante.

PASIONES LLEVADAS AL PÓDIUM

Poco tiempo después llegó una señora del DF, quien empezó a darle forma a su pasión, era un grupo de jovencitas con muchas ganas y amor por el país y la tradición, que empezaron a entrenar; decidieron competir en este deporte nacional y bueno, en el 91 ganaron el nacional y en el 92 también.

“Todos se sorprendían, incluso nosotros, éramos todas de Cancún, uno de los lugares más nuevos de México y donde no había tanta tradición charra, pero teníamos algo: Ganas”.

Fue una época un poco difícil para Samantha, estos logros se dieron entre la incertidumbre; fue cuando se tomó un año antes de entrar a la universidad, cuando surgieron los proyectos de los hoteles, Lomas Travel estaba estableciéndose como el grande que hoy es, y Samantha no dejaba de entrenar.

Al principio de la carrera la situación no fue tan difícil, sobrecargaba materias y con lo que ahorraba, se venía a montar y competir. Su instructora les aconsejó moverse al centro del país, para que pudieran participar en otras competencias, y en la vida de Samantha aparecieron Jaime Valenzuela y Javier Fernández (que en paz descanse), quienes a través de AeroCaribe y Caribbean Carnival las patrocinaron durante ese periodo de alto rendimiento.

Conforme fueron pasando los años, cada vez le era más difícil montar por la universidad, los viajes le costaban cada vez más y su mamá junto a José Luis se encontraban en una transición un tanto complicada. Dejó de montar dos años y justo el último año de la carrera le habló su instructora sobre grandes oportunidades durante ese año.

“Competí un viernes por la tarde en Guanajuato, bajándome del caballo a las 8 de la noche, me estaban esperando para que regresara a Monterrey, presenté mi examen profesional de 8 a 1 de la tarde y a las 3 ya estaba regresando a Guanajuato porque tenía que recoger el trofeo que habíamos ganado como campeonas nacionales, nuevamente”.

Abrió y cerró la universidad ganando el campeonato nacional, para ella era el mejor momento de su vida, aunque no todo es para siempre: dejar la escaramuza como un deporte profesional, le enseñó que tenía que balancear su vida y que para todo hay que hacer sacrificios.

Actualmente y tras varios años de trabajar en la hotelería, el destino la volvió a acercar a los caballos; empezó a montar con otro equipo, llamado “Zac beh”, que es con el que ya lleva 18 años. Ya no al mismo nivel con el que competía antes, pero sí con las mismas ganas.

EL SÍNDROME DEL POLLITO DE LA FERIA

¿Alguna vez han escuchando hablar de este síndrome? Es típico que vas a la feria con tus hijos y uno de ellos empieza “ay que lindo pollito mamá ¿me lo puedo llevar a la casa?”. El pollito crece y cada que vas a la feria traes uno nuevo. A Samantha le pasó lo mismo con todos sus caballos de competencia, pues tras varios años ya no rinden igual; la mayoría de las personas los sacrifican, pero ella no tenía corazón para eso. Cuando llegó el momento de que su caballo ya no podía competir, coincidió con que José Luis acababa de abrir unas brechas en el terreno del hotel y se le ocurrió que podían crear un tour con caballos, pero Samantha se negó rotundamente.

“Para mi los animales que tienen en la mayoría de los tours, sufren mucho, no quería lo mismo para los míos, pero como no quería eso, yo misma me involucré en su cuidado y trato. Y así empezamos; con mi caballo retirado nació lo que hoy es el Rancho Bonanza, el 95% son caballos rescatados, se les da una segunda oportunidad de seguir. Logramos hacer útil, lo que era necesario.”

EL AMOR LLEGÓ A CASA

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Todos pensarían, incluso ella, que con tanto trabajo, no le sobraba tiempo para enamorarse, pero no es así, Samantha tuvo noviazgos tradicionales, de varios años; 7, 4 y 8 años, con tres anillos; pero ella estaba sumergida en su mundo. Un día, sin embargo, el amor tocó la puerta de su oficina.

“Mi esposo llegó a mi oficina, no hay mejor forma de decirlo, no me daba tiempo para otras cosas, estaba todo el día metida en el hotel, porque amaba lo que hacía, vivía de 7:00am a 11:00pm en el hotel”.

Alex llegó de la nada, era su compañero de trabajo, era director de entretenimiento. A Samantha, siempre muy formal y seria, lo que le encantó de él es que la sacó completamente de su esquema, la hacía repelar, reír mucho y le quitaba esa formalidad. Un día llegó a su oficina, un lunes salieron, el jueves ya vivían juntos, a los dos meses ya estaba embarazada, nació Bruno, su más preciado tesoro y llevan 10 felices años casados. Así que matrimonio y mortaja del cielo baja.

Mayor logro: Hoy por hoy mi familia, y toda la familia añadida, la que encontré en el trabajo, en la escaramuza. Yo creo que puedo decir que soy afortunada de contar con personas muy cercanas dentro de la familia natural y la añadida.

Clave del éxito: Para mi la honestidad, la perseverancia y que las cosas nos sigan asombrando, por más simples que sean. Y esto lo aprendí por supuesto, por haber contado con dos padres extraordinarios Franco Frachey y  José Luis Martínez, quienes fueron visionarios y emprendedores en su ramo; así como una madre excepcional. Lolita López Lira, trabajadora, incansable y comprometida con sus valores.

Sueños: He cumplido muchos, pero me falta una infinidad. Laboralmente, hay muchas metas que alcanzar; pero personalmente, todavía tengo el sueño de aprender carpintería y hacer un huerto en mi patio trasero, algo que hasta la fecha no he podido hacer.

¿Por qué te gustaría que recuerden a Samantha? Por el cariño que le tengo a mi país, a mi ciudad, por el amor que le tengo a la familia y porque consideren que hice mi parte, lo que me tocó hacer, para que este sea un mundo mejor.

Pasiones: De la hotelería que es muy cambiante, que nada está determinado, y de los caballos la empatía que debes tener, la disciplina y la comunicación silenciosa con ellos.

Mensaje a las nuevas generaciones: Deben de tener muy claro qué es lo que quieren, por pequeño o grande que sea, yo en su momento no lo podía definir, quería hacer  muchas cosas, y me ayudó mucho que me fueran encausando. Importante, uno: encontrar qué es lo que les gusta, dos: ver cuáles son sus aptitudes y cualidades, y tres: hacer un plan y enfocarse y trabajar en ello.

Cancún ha hecho a muchos jóvenes, es el momento de que en verdad ellos sean los que pongan las manos al fuego, tomar la responsabilidad y las riendas, ser agentes de cambios, no ser tímidos, impositivos, propiciar qué es lo que queremos ver de este país y de esta ciudad, no podemos dejarle todo al destino.

Eso y además otra cosa importante, saber que todo se puede, desde la niña que no podía tener un caballo y de repente estaba alzando tres títulos de campeonatos nacionales y representando a México en Europa en eventos culturales y varias exhibiciones. Si lo puedes visualizar y lo quieres, lo puedes lograr.

Mi mamá me compró un cuadrito, que decía “tan alto como quieras llegar, tanto como puedas hacer, todo lo que puedas lograr, depende de ti”.


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