TENEMOS QUE CAMBIAR

carlos

Carlos Joaquín se postuló, fue electo y asumió la gubernatura con la divisa del cambio. Cambiaron, sí, los partidos que le dieron plataforma a su gobierno, pero más allá de siglas partidistas que, al cabo, han resultado muy similares al momento de gobernar, presenciamos cambios que podrían parecer superficiales pero no por eso son insignificantes:

En contraste con Roberto Borge que sometía a la gente a una espera de dos y hasta tres horas en los actos oficiales, Carlos Joaquín ha demostrado, al menos en estos días, mayor respeto hacia el tiempo de los demás. En el fondo, la impuntualidad de un gobernante es desprecio y abuso de poder hacia los otros.

No hemos visto tampoco, hasta el momento, que Carlos Joaquín esté más pendiente de chatear por celular en los actos que preside, como solían hacerlo Félix González y Roberto Borge. El desdén era insultante.

Son formas, sí, pero perfilan la personalidad de quien detentará el poder hasta el 2022. El domingo pasado se concretó el cambio de gobierno en Quintana Roo y una pregunta básica sería, para nosotros, si estamos dispuestos a cambiar también.

Nosotros mismos permitimos y hasta festejamos la impuntualidad de los gobernantes. Habría bastado con que todos abandonáramos, una sola vez, cualquier evento en el que nos hicieran esperar más de una hora, para que supieran que no eran dueños de nuestro tiempo.

Nosotros mismos justificamos la falta de respeto cuando esos gobernantes permanecieron ensimismados en sus celulares frente a los ciudadanos que reclamaban atención y presencia real, no virtual.

Recuerdo aún el último acto en Cancún de Félix González como gobernador. En marzo de 2011 debía oficializar el inicio de las obras del Parque Ombligo Verde.  El evento estaba programado para las doce del día y llegó a las dos. No era cualquier acto; era la conclusión de una lucha ciudadana que había iniciado desde la última década del siglo pasado, por la defensa de la más importante reserva verde en el centro urbano.

En primera fila, ese día, estaban varios de los más antiguos habitantes de Cancún y activistas que después de 20 años de sostenerse juntos en la defensa de este espacio, se habían convertido en “viejos amigos”. Entre ellos Alicia González, “La Jaguara” del movimiento ombliguista, quien no pudo, por el llanto, darle secuencia a su discurso. “Si soy La Jaguara, no sé por qué lloro”, había alcanzado a decir.

Era un evento emotivo y muy significativo para los cancunenses, pero el gobernador -frente a cientos de ellos- mantuvo centrada la vista y atención en su BlackBerry. Y así estuvo hasta que concluyeron todos los discursos, y le tocó a él hablar. No había justificación para tal indiferencia.

Sin embargo, justificamos siempre esos excesos. “El gobernador tiene asuntos importantes que atender; “su BlackBerry es su oficina virtual”; “Es un joven gobernador de la era digital”, llegué a leer en algunas columnas de la prensa.

Nosotros creamos a esos tiranos de papel; a esos leones –que “nunca voltean”- de cartón. Y tenemos que cambiar.


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