TIEMPOS DE CAMBIO

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Hay diversas lecturas sobre cómo se conducirá el nuevo gobierno de Quintana Roo, encabezado desde el 25 de septiembre por Carlos Joaquín González, quien habla de transparencia, inclusión, tolerancia, respeto, oportunidades, equidad, equilibrio, dignificación, confianza, rectitud, combate a la corrupción y a la impunidad, pero sobre todo, del papel que habrá de ejercer la ciudadanía en estos tiempos de cambio.

“Con la alternancia Democrática se inicia una nueva dinámica que pone en el centro, el empoderamiento de la ciudadanía”, dijo el domingo pasado frente a los 30 mil que –según su staff- estaban en una plaza pública de Chetumal, en donde ofreció un mensaje.

¿Será? ¿Realmente existirá un entendimiento profundo de la sociedad sobre su nuevo papel en el contexto de ese cambio, no sólo de cara a sus derechos –ejercidos o no- sino también de sus obligaciones o responsabilidades en esta nueva etapa?

La gente salió a votar y eligió pese al miedo, la apatía, la desconfianza, las interrogantes. No es suficiente. Tachar una boleta un domingo cada que hay elecciones y luego desatenderse hasta el siguiente proceso electoral, no alcanza, mas que para modificar a los personajes.

La ciudadanía usa las redes sociales para denunciar y expresarse; qué bueno, porque se acabó con el monopolio de la prensa, casi cooptada y comprada en su totalidad.

Pero tampoco es suficiente y menos si se usa para criticar sin discernir o aplaudir para congraciarse. Sin rigor, sin análisis, sin reflexión, y la mayoría de las veces, sin bases. Peor aún, si comienzan a surgir medios “ciudadanos”, alimentados por los grupos fácticos, la oposición resentida y resistente al nuevo contexto o incluso, por el propio sistema.

Más allá de las dudas o las esperanzas que las palabras del nuevo mandatario puedan despertar o no en cada integrante de la sociedad, él ya trazó y dio a conocer cuáles serán los cinco ejes de su gobierno, con sus acciones, sus programas y la identidad de los integrantes del gabinete.

También delineó el tono de su mandato: “Quien la hace la paga”, “rendición de cuentas”, “no habrá acuerdos en lo obscuro”, “cuentas claras y medibles”, “no más complicidades para que unos pocos, hipotequen el futuro de muchos”, “gobierno abierto y transparente”, “reconciliar a la política, las instituciones y el gobierno, con la sociedad”, “pluralidad”, “sumar diversidades sin anularlas”, “restablecer el equilibrio del poder”, de las más sobresalientes.

Frases efectistas que cumplen la función dentro de un discurso nutrido por todo lo que no sucedió durante la administración que le antecede.

Se escucha bien. Falta que cumpla, claro. Falta que las palabras cobren vida y se transformen en realidades.

Pero ¿qué hay de nosotros? Los tiempos del cambio demandan de “una gran madurez” y “requieren de la mirada de todos”. “No se trata de soluciones mágicas, ni de genialidades aisladas”, advirtió.

Pareciera obvio, pero la experiencia nos indica que solemos olvidarlo y luego nos inunda la desilusión.

“Que nadie piense que las cosas cambiarán de un día para otro o sólo por decirlo”. Exacto. Esa sentencia va en doble vía.

Si alguien cree que a partir de que Carlos Joaquín es gobernador, los problemas se acabaron, los culpables del desastre irán a la cárcel en un pestañeo, que la deuda desparecerá, que se erradicarán las desigualdades y no habrá tropiezos ni errores dentro de su administración… se equivoca, tanto como quien piensa que sólo por enunciar sus buenas intenciones, se materializarán.

“Ningún gobernante o dirigente por sí sólo puede, por más capaz que sea, cambiar las cosas sin una ciudadanía dispuesta a participar de ese cambio”, indicó como parte de ese primer mensaje como gobernador.

Para algunos, fue una anticipada justificación. Un blindaje. Quizá. Para otros, es claro que el cambio “necesita sumar voluntades”. Muchas voluntades.

Si los nuevos funcionarios y sus subalternos creen que ahora es su tiempo para servirse y no para servir, el barco naufragará, pese al capitán.

Si los políticos siguen privilegiando los intereses particulares o de partido, con miras a próximos o futuros huesos o los legisladores condicionan decisiones al cumplimiento de caprichos, no habrá manera de “hacer política de la buena”, ni de llegar a consensos y acuerdos con base en la razón y el debate inteligente, que beneficie a las y los quintanarroenses.

Si los empresarios siguen exigiendo privilegios y concesiones, sin colaborar para que la riqueza deje de concentrarse en sus manos y derrame hacia la comunidad, las desigualdades seguirán presentes y la esclavitud disfrazada de trabajo seguirá impidiendo que el paraíso sea disfrutado por igual.

Si los medios de comunicación repiten la fórmula de aplaudir e inclinarse para conservar sus negocios –muchos de ellos insostenibles sin ayuda del gobierno-; si optan por eludir la crítica sustentada y en cambio se enfocan en hacer caravanas, renunciando a su misión o se colocan como artilleros sin ton ni son para presionar y someter, nutrirán vanidades innecesarias y crearán nuevas tiranías, con las consecuencias que no sólo conocemos, sino padecemos.

Un error monumental, cuando –al menos en el discurso- la oferta es de libertad y crítica, con responsabilidad, sustento y respeto. Cuando se abre la oportunidad de recobrar la dignidad y la credibilidad perdida.

“Estableceremos un trato digno en el margen más amplio de la pluralidad y de la Libertad de Expresión. La crítica retroalimenta. La libertad de prensa no será objeto de represalias, ni coacciones”, ofreció.

Si los sindicatos siguen amagando con imponer el desorden y ser detonantes de disturbios, para mantener sus cotos de poder, seguramente complicarán más los problemas, en lugar de ser factor de soluciones.

Son los tiempos del cambio, pero no porque lo decrete una persona, sino porque apremia tomar las riendas del destino individual y común, con madurez, ética y honor. Con inteligencia, solidaridad y empatía.

Es apenas el tercer día del nuevo gobierno. Evaluar –hoy- si van bien, mal, si mienten o dicen la verdad, si cumplirán o no con el camino que han trazado en el discurso, es prematuro.

Hay un margen razonable de esperanza en la ciudadanía y un porcentaje legítimo de dudas, también. No sólo en cuanto al papel del gobierno, sino también de la sociedad, en este nuevo escenario.

Lo cierto es que si el nuevo gobierno está obligado a honrar sus promesas y compromisos, la ciudadanía tiene el deber de salir a participar, de informarse, de vigilar, de exigir rendición de cuentas, de proponer, de involucrarse, de co-gobernar; de celebrar lo bien hecho y protestar cuando se requiera, con firmeza y argumentos.

En su discurso del domingo, Carlos Joaquín convocó a edificar “con el arma suprema de la razón y la tolerancia”, un estado para todos. Enfatizó que el rescate del estado es una tarea conjunta y… abrió la puerta:

“Les pido que me acompañen con su vigilancia, con su critica constructiva y con su denuncia institucional”. Habrá que tomarle la palabra.


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